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miércoles, 6 de abril de 2011

10. EL RESCATE DEL FALSO LIZMARK.



Seguí a Samantha con la vista hasta toparme con la cara del Pelusa, quien me miraba muy serio. Levanté la mano para saludarlo y para mi enorme sorpresa, Él respondió agitando la mano como un inocente niño de 5 años lo haría. Yo no supe por qué, pero sólo pude pensar en la inocencia que tendría Pie Grande ante un encendedor, por supuesto la enorme masa de cabello corporal ayudaba.

Al voltear hacia el otro lado, ví a Ana parada junto a mí. Ella me preguntó si me acordaba de Él, yo le dije que nunca antes lo había conocido. Entonces me dijo que me lo había presentado en una de sus fiestas, sólo que entonces no era El Pelusa, sino Tadeo. El nombre al instante brincó a mi mente y lo recordé. El tipo me había caído re bien. Por supuesto eso fue 10 kilos de cabello atrás.

Samantha y Él platicaban de nuevo y la vecina detectó mi frustración. Entonces se acercó y me dijo, “no te preocupes, sólo son Eme A Pe Ese” así dijo “Eme, A, Pe, Ese”. Yo no tuve alternativa más que poner mi cara de pendejo. Entonces ella lo aclaró “ya sabes, Mejores Amigos Por Siempre, como dice Paris”. Yo supuse que se refería a Paris Hilton pero lo había hecho sonar como la ciudad. Mi boca generó una ligera sonrisa para la vecina, pero en mi cabeza había fuegos artificiales.

Todos los demás empezaron a empacar sus cosas y yo me uní al ritual. Ana me pidió 20 minutos para tomar un poco de sol y no pude más que acceder. Al volver la vista, El Pelusa, Samantha y otros cuantos ya no estaban ahí. A pesar de buscarla con la urgencia que una madre buscaría a su pequeño hijo extraviado en medio de la Pamplonada, no pude encontrarla.

Me resigné y le dije a la vecina que iría a dar una vuelta y regresaría en 20 minutos, ella, instalada en el camastro me dijo que estaba bien. Saqué una chela y puse mi mochila junto sus cosas. Pensé en echar un vistazo al Mini Zoológico que había visto en el mapa.

Al llegar ahí, descubrí que no estaban bromeando al llamarlo Mini Zoológico. Incluso pensé que Micro Zoológico hubiera sido más adecuado, pues tenía tres jaulas, una con un changuito que lucía muy enfermo y se rascaba incesantemente su área especial; otra en la que había 3 zopilotes que miraban al changuito como esperando a que de un momento a otro, cayera muerto; la tercera jaula tenía un French Poodle que supuse algún día había sido blanco, pero ahora lucía como una bola de estopa tirada en piso. Me sentí fatal por los animales, más por el French Poodle, pues junto a su plato, había un enorme costal de Whiskas. Los muy ingratos le estaban dando comida de gato. Al menos el changuito tenía plátanos y los zopilotes, la esperanza de algún día, degustar al pequeño primate.

A un costado del mini zoológico, ví un puesto de bromas. El simple nombre “Puesto de bromas” me daba risa. Me dio tristeza verlo vacío y supuse que los niños ahora en lugar de los chicles de ajo, las bolsas de pedos y las cacas falsas, prefieren el X-box y Facebook. Me prometí a mí mismo, que cuando tuviera un hijo, le regalaría un balero y una bolsa de pedos. También ví que vendían máscaras de luchador. Pregunté si tenían la de Lizmark y la doña del puesto simplemente me señaló la zona de máscaras. Resignado busqué entre las opciones y finalmente la encontré. Mi amigo Lalo y yo siempre habíamos querido encontrarla, pero nunca habíamos tenido suerte. Me dio tanto gusto, que decidí comprarla aunque el precio y la calidad no fueran coherentes. Le pregunté si aceptaba tarjetas y me puso su cara de “no seas pendejo”, así que le pagué con los últimos 80 pesos que traía con la esperanza de encontrar un cajero cerca.

Caminé un par de pasos y abrí mi cerveza para celebrar mi hallazgo con un sorbo. En una fracción de segundo, un silbato sonó junto a mí, tan fuerte, que estuve a punto de sufrir una embolia del susto. Al voltear, encontré a un policía tan pequeño que tuve que bajar la vista, pero tan gordo, que tuve que mirar de lado a lado para verlo, como si lo estuviera escaneando. Al fondo, otros dos oficiales corrían hacia mí. Yo miré alrededor como temiendo que un peligro inminente estaba cerca y los tres agentes sólo intentaban protegerme. Uno de los agentes, el más alto, se acercó lentamente con una mano junto a un revolver tan viejo que dudé que funcionara, pero no estaba dispuesto a arriesgarme. La otra mano, la tenía levantada hacia mí, como en saludo Apache. Yo no entendía lo que estaba pasando. El policía me dijo “Señor, lo mejor que puede hacer es cooperar”. Yo les dije que lo mejor que ellos podían hacer era explicar. Esto pareció enfadarlos y como que me rodearon. El agente me dijo, ahora más serio, “ponga la cerveza y la máscara en el piso y retroceda”. Yo estaba muy confundido pero elegí cooperar. Puse las cosas en el piso y dí un par de pasos hacia atrás.

El poli me explicó que estaba prohibido beber en las instalaciones y que tenía que acompañarlos. El mini policía sacó una bolsita y puso la lata dentro, al más puro estilo de programa policial, la máscara la tomó con la mano. El tercer policía me tomó del brazo y elegí acompañarlos. Avanzamos entre una multitud que me miraba como si yo fuera el criminal más buscado del mundo. No sé por qué, pero la idea de generarle cierto miedo a la gente como que me gustó, al menos, hasta que le sonreí a una niñita y empezó a llorar.

Llegamos a la comandancia, que tenía el tamaño de una caseta de estacionamiento y me pidieron que me sentara. Al voltear a ver la silla, noté que tenía mugre del año que le pidieras, así que les pedí que me dejaran estar de pie. El mini agente tomó el radio y dijo “29, 29, tenemos un 50 abierto en 20 principal”, al notar que lo estaba viendo, medio se volteó, y como si yo pudiera entender sus pinches claves, el pendejo empezó a hablar más bajo. Varios minutos después, llegó un policía con las piernas tan cortas y el torso tan ancho y desparramado sobre el cinturón, que parecía una mantecada.

Me miró un momento y luego se acercó a los otros agentes. Empezaron a cuchichear y ligeras risitas surgieron, luego me voltearon a ver y la intensidad de las risas incrementó, a tal grado, que el “Muffin Policía” empezó a toser de tal forma, que pensé que le quedaban como 18 segundos de vida. Cuando logró calmarse, sacó una cajetilla de Marlboro 14 y el mini agente en una fracción de segundo, sacó un encendedor para proveerle un poco de humo al gran jefe. Cada vez que le acercaba el encendedor, el jefe tosía y apagaba la flama. Luego de 7 intentos, no pude contenerme y una pequeña risilla los enfureció. El gran jefe se puso en cigarro en la oreja y se acercó a mí lentamente. Me miró a los ojos y me dijo “Te parece chistoso”, con la voz de un niño de 5 años, tal vez 4. Luché con todo lo que tenía para frenar mi risa. Luego me dijo “Eh?” “Eh?”. Todo era simplemente demasiado, pero mi necesidad de ver a Samantha otra vez, logró contenerme.

Entonces hice lo que mejor sabía hacer, mentí. Le dije que tenía una condición médica llamada “Fabulismo de endorfinas” y que me causaban liberar risa cuando me sentía nervioso o triste. Luego para darle solidez a mi historia, le dije que me había reído durante todo el funeral de mi abuela, y con eso, compré un poco de simpatía. Me preguntó mi nombre y al decirle “Crisantemo”, ya tenía al jefe en el bolsillo. Me dijo que desgraciadamente había cometido una infracción y que teníamos que llegar a un acuerdo. Yo maldije un poco al recordar que mis últimos 80 pesos se habían ido en la máscara. Unos segundos más tarde, descubrí que el mundo en que habitamos, es como una novela de ficción en la que el mayor de los absurdos, es más común que la ignorancia en los políticos.

El gran jefe me preguntó si estaría interesado en donar mi máscara de Blue Demon a la memorabilia de la caseta de policía. Analicé su propuesta, queriendo estar seguro que lo que mis oídos habían escuchado, no era un invento de mi cabeza pretendiendo vivir en un mundo en el que Chabelo, era el rey del mundo. Luego de mi diálogo interno, le dije que por supuesto estaba dispuesto a hacer la donación, pero que la máscara era de Lizmark, no de Blue Demon. Entonces entramos en una polémica de luchadores que se prolongó más de lo imaginable. Al final del debate, el gran jefe ya me decía hermano, y el mini policía me había ofrecido ser chambelán en los 15 años de su hija, próximos a celebrarse. Nos despedimos de abrazo y choque de puños. Haberme hecho amigo de los polis, me había regalado una breve sensación de McLovin, lo cual me hizo sonreír un poco, luego corrí de regreso hacia donde la vecina.

Al verla de lejos, pensé que se veía medio naranja, pero al acercarme, descubrí que estaba tan roja, que era difícil diferenciar entre su piel y la toalla de Coca Cola sobre la que estaba dormida. La moví un poco y despertó toda apendejada por el sol. Había pasado una hora. 60 minutos de rayos ultravioleta filtrados con su aceite para bebé barato. El resultado era lamentable. Luego se incorporó, y noté que toda la mitad de atrás, estaba completamente pálida. Era el efecto Duvalín en su máxima expresión. Mientras se desapendejaba, liberaba pequeños quejidos, seguramente ocasionados por el dolor en su piel. Le expliqué lo que había pasado, y para mi sorpresa, reaccionó de la mejor forma y así, adquirió todo mi respeto.

La ayudé a levantarse y me dijo que le dolían los huesos, me sentí fatal. Con todo mi pesar, le dije que si quería, podíamos simplemente ir a su casa para que descansara. Ella me miró muy seria y me dijo conmovida que sabía lo mucho que yo quería ver a Samantha y que haber pensado en su salud primero, le había enchinado su roja piel de gallina y que sólo por eso, estaba dispuesta a llevarme a casa del Pelusa. Fue entonces cuando descubrí que la bondad, la misericordia y toda esa basura, realmente funcionaban. La ayudé a ponerse su vestidote y caminamos muy lentamente hacia la salida. Una calle más tarde me dijo que sus piernas le dolían más y más. Al terminar de decirlo, vimos junto a nosotros, como una aparición celestial, un carrito de Gual Mar, como ella decía. Nos volteamos a ver y 10 segundos más tarde, ya la estaba yo empujando por la calle, los dos con la sonrisa con la que dos niños juegan con su primer carrito. Para ese entonces, la vecina ya se veía medio morada, y me hacía sentir como Elliot, empujando a E.T. La vecina se reía divertida y gritaba, más rápido entre cada sorbo de cerveza. Yo aceleraba feliz, sabiendo que unos minutos más tarde, vería de nuevo a Samantha.

sábado, 24 de julio de 2010

6. La amiga de la morena me caía bien.


Corrí hasta llegar a casa. La emergencia no era la fiesta, sino la cerveza haciendo sufrir sutilmente a mi vejiga. Cada que veía a alguien regando el pasto, la popular fuente del niño orinando, o un anuncio de Interceramic, me reprochaba por no haber entrado al baño. Recordé un viejo dicho que decía “quien vaya al DF y no orine en un Sanborns, no fue al DF”.

Maldije al cinturón, maldije al primer, al segundo y al tercer botón, luego, bueno…

Me probé la camisa de rayas, la de rayitas y la de rayotas. Intenté con la de cuadros y luego con la azul chiclamino que me regaló mi tía un mes después de mi cumpleaños. Al final, recordé que la fiesta era en casa de la Jenny, y elegí una camisa negra.

Al llegar a la casa, toqué la puerta y La Jenny abrió, vestida como Lady Gaga. Hurgué mentalemente y no encontré la palabra disfraces en el mensaje de texto. Todo tuvo sentido al ver a su novio, a quien describiría como el hijo que Hugh Hefner, tendría con Amy Winehouse, no sé por qué, pero eso vino a mi mente.

Como no sentí ganas de sonreir, les pelé los dientes y entré. Imaginé que sería el tipo de fiesta en la que en algún punto, vería a Marylin Manson, cargando a la gallina de los huevos de oro. Analicé la zona y afortunadamente, el resto de la población lucía, hasta donde la palabra lo permite, “normal”.

Me preparé mentalmente para la primera fase de la fiesta, la de reconocimiento. Avancé un poco, sonriendo y haciendo la cara de pendejos que hacemos cuando no conocemos a nadie y que pensamos que nos vuelve amigables. Luego me encontré a mi amigo Ramiro, quien siempre había dicho que su nombre era muy original, hasta que supo que uno de los hueyes de Bronco se llamaba así y empezó a decir que era de naco. Ramiro me caía bien.

Fuimos a la cocina a servirnos una cuba. Al llegar ví que El Brayan, hermano de La Jenny, estaba ahí. Sus jeans baggy, sus flip flops Quick Silver, su playera Ed Hardy que parecía ser de su hermanito y su gorra Von Dutch sobre su cabello inmerso en una espesa capa de gel me irritaban. El Brayan me caía mal.

Luego pensé que era su casa y le sonreí levantando la mano. Él me hizo una especie de saludo militar que lo hizo lucir aún más estúpido. Escuché lo que estaba platicando con dos hueyes y casi me dio una embolia cuando lo oí decirles “yo lo que quiero, es la Aifon” juro que así dijo “La Aifon”.

Ramiro notó mi cara de estreñido y se apuró con el proceso hielo, ron, soda, coca. Luego con toda la clase del mundo, agarró un puño de cacahuates y salió de la cocina. Yo agarré un Sabritón y lo seguí.

Cuando llegamos a la sala, ví a la novia de Ramiro, Cristal. Ella decía que su nombre también era muy original, pero Ramiro y yo decíamos que era de teibolera. Ella se levantó y me saludó, según yo, ya medio entrada en copas. Cristal me caía bien.

Junto a ella, estaba un tipo, pegándole a la mesita como si fuera un bongo. Junto a él, había un Red Bull, pensé que sería su sexto. Luego estaban dos chicas, una guapa y otra no tanto, Cristal me presentó, “Triny, Aby, él es mi amigo Crisantemo” y añadió “es soltero”. A mí me dio mucho gusto escuchar su estúpido comentario. Luego el tipo que le pegaba a la mesa me distrajo cuando dijo “ah, qué chido nombre”, luego me preguntó medio temblando “¿no quieres un Res Bull?” así dijo “Res Bull”, le dije que no y volví mi atención hacia Triny. O Aby, realmente no supe quién era quién, a mí me había gustado la morena.

Me senté entre ella y el tipo ese que se veía que estaba como a 10 minutos de sufrir un ataque de ansiedad. Él empezó a mover la pierna como si estuviera operando una de esas máquinas de coser que se tiene que pedalear. Cinco minutos después, me cambié de lugar.

Tres horas más tarde, me descubrí platicando con la morena deshinibidamente. Tal vez demasiado cerca, porque ya se hacía evidente que antes de venir a la fiesta, se había comido unos tacos al pastor y al menos, media orden de cebollitas. Fue entonces cuando supe que ya estaba en la segunda fase de la fiesta. Esta fase me gustaba, casi siempre.

Platicamos sobre el derrame de petróleo en el Golfo; luego sobre una película que estaba en el cine; hablamos sobre música y me dijo que se dedicaba a... la verdad no me acordaba bien, pero era algo en una oficina.

Cuando estabamos empezando a platicar sobre algo de Avon o Tupperware, no recuerdo, la amiga de la morena se acercó con unos caballitos llenos de un tequila que olía como acetona. Brindamos y nos los tomamos. Entonces me dijo que me parecía a un amigo suyo que se llamaba, Jorge o Javier o algo así.

Luego noté que platicábamos sobre política y religión y descubrí que la fase tres estaba empezando. La amiga dijo una broma que mi hizo reír muchísimo. Sólo me acuerdo que las palabras “Peje”, “pendejo” y “anfetamina” estaban en repetidas ocasiones. La amiga de la morena me caía bien.

Luego, nos tomamos otro caballito de acetona reposado. De pronto desperté en una cama que jamás había visto en mi vida, con un dolor de cabeza igual de desconocido. Fui al baño y me lavé la cara, bueno, me eché agua. Me enjuagué la boca y noté que tenía la lengua azul. Traía una playera blanca con algo escrito, decía “Para mi amigo Crisantemo. Eres un Tesoro. L.L.” Busqué en mi bolsillo y encontré un billete que decía “Banco Central de la República Argentina”, era de 10.

Revisé mi cartera y me alivié al ver que mis dos tarjetas estaban ahí, sin ningún voucher de “EL CHANGUITO PIDIENDO PAN Men’s Club” o algo así. Luego me aterrorizó una imagen, traía un anillo puesto. Decidí que era tiempo de pedir respuestas y aspirinas. Salí del baño para preguntarle a la morena que había pasado, pero al levantar la cobija, era la güera quien estaba dormida. Descubrí que la fase tres había sido brutal y atacado súbitamente, me senté en la orilla de la cama y maldije poquito.

Moví la cama para despertarla y cuando lo logré me dijo “Buenos días Cuchimino”, así dijo. El dolor de cabeza se hizo más agudo y sólo pude pensar en un Res Bull.

viernes, 11 de junio de 2010

3. Taiger Sports Bar


Miré mi reloj, quien me dijo que la posibilidad de que llegara tarde a mi entrevista, era latente. Corrí a la salida pero al llegar, me encontré con una fila. Tomé la estúpida decisión de formarme sin saber de qué se trataba. Al avanzar un poco, ví que había un policía, tal vez el más imbécil que he visto en mi vida, revisando a la gente con su detector de metales. Imagino que pensaba que era de vital importancia asegurarse de que nadie sacara armas del metro.
Luego de mi revisión, salí y al hacerlo, escuché un mensaje de texto llegando a mi celular. Lo leí y básicamente decía que mi entrevista se había pasado al lunes. Maldije primero, pero luego recordé que el partido que tanto había esperado estaba por comenzar y ahora tenía la oportunidad de verlo. 
Miré hacia todos lados como turista extraviado, hasta que al fondo, logré ver un letrero que decía “Taiger Sports Bar”. <
Al llegar a la entrada, un hombre como de 2 metros me detuvo y me dijo que había un cover de 50 pesos. Le pregunté que si estaban pasando el partido y me miró como si le hubiera preguntado si vendían cerveza. Me dijo que sí, pagué mis 50 pesos y entré. 
El lugar era pequeño y sombrío. Lo analicé y descubrí que de Sports Bar, solo tenía una playera de Jorge Campos en un cuadro que todavía decía “SportTortas”, un par de raquetas de madera colgadas y personal que usaba calzado deportivo. 
Me senté en la barra y me encontré con la televisión más pequeña del mundo pero pensé que era demasiado tarde para buscar otro lugar. El cantinero se acercó y me dijo “ya están en el Hino”, así dijo “Hino” y luego me preguntó si quería una cubeta o una caguama. Aún no sé por qué, pero de alguna forma me pareció que la Caguama tenía un poco más de clase. También pedí un vaso para conservar un dieciséisavo de mi dignidad.
Luego de un vaso de cerveza y 5 minutos de partido, descubrí que era como estar viendo el partido en medio de los mejores técnicos del mundo, quienes tristemente, tenían menos optimismo que un vendedor de abrigos en la playa.
Todos gritaban indicaciones “Fíltrala, fíltrala!”, otro que chiflaba cada vez que pronunciaba una “eSe”, decía “necesitan poner un 4-3-3 con 2 un punta y 2 un poco retrasados para apoyar la contensión”; uno más, sin importar quién la tuviera o dónde, gritaba “Tira! Tira!”; pero el mejor de todos, era un teporochito que estaba en un rincón y quien seguramente el ultimo partido que había visto fue uno de la Era de Mejía Barón porque gritaba “Metan a Hugo, metan a Hugo!”. 
En el minuto 40, el ambiente ya era insoportable. Me serví el ultimo trago de mi cerveza y el cantinero me preguntó “otra?”, yo le pedí un minuto para pensarlo. De pronto, un hombre llegó a la barra y se sentó tan cerca de mí, que sólo nos faltaba compartir la camisa para ser siameses. Esto fue el indicador de que era tiempo de partir.
Al darle mi tarjeta de crédito al cantinero, la analizó minuciosamente, sonrió y volteó a verme “le cae que se llama Crisantemo joven?” preguntó. Todos olvidaron el partido y voltearon a verme. Yo lo odié un poco, sólo un poco, le sonreí asintiendo y todo quedó ahí.
Al salir, le pregunté al hombre de la entrada si había otro lugar cerca para ver el partido porque la tele estaba muy chiquita. Él sabía que era verdad y en un gesto de camaradería, me dijo “sí joven, hay un Sanbor a dos calles y ahí seguro lo están pasando” así dijo, “Sanbor”. Yo no entendí al principio pero luego de un momento pensé que se refería a un Sanborns. Le agradecí e inicié mi camino. 

jueves, 3 de junio de 2010

2. Congeladas motorizadas.


Al cerrarse las puertas, miré alrededor apenado por lo sucedido y encontré a la señora frente a mí pesignándose. Le mostré mi sonrisa de “lo siento Doña”. Ella sonrió de vuelta y me dijo “Yo estoy de acuerdo con usté joven Margarito”, la corregí, “Crisantemo”, y ella sólo dijo “eso”.
Continué leyendo al legendario Kalimán y una de sus líneas me hizo reir y me devolvió el buen humor. Disfruté el último bocado de mi Bonáis, enrollé la envoltura y la metí en mi bolsillo para tirarla en la basura más tarde. La Doña se dio cuenta de esto y su curiosidad la hizo preguntarme “a poco las coletsiona joven?”, yo la miré sin dar crédito a su pregunta, con la misma expresión de cuando Doña Lencha intentó convencerme de que el Peje no es un pendejo. 
Titubié por un momento y entonces pensé en algo. Le dije que acababa de empezar una promoción en la que si registras el código de la envoltura, te puedes ganar un carro con forma de congelada, “ya sabe, como el de Oscar Mayer que era un jochote, pero de congelada”, le dije. 
Ella me miraba muy atenta y yo seguí explicándole que mi amiga Lola me dijo que en Australia, hacen carreras de congeladas motorizadas y que corren rapidísimo pero como son larguitas, se tienen que abrir mucho para dar las vueltas. Para entonces, ella me miraba con cara de muñeca inflable y dos gueyes que iban parados me miraban incrédulos, como si estuviera intentando convencer a la Doña de que no era cierto que Ricky Martin es gay. 
La Doña finalmente reaccionó y le dijo a su hija “ándale mija, recoge la envoltura de la Bonáis” así dijo “la Bonáis” y la niña rápidamente brincó y se metió bajo el siento estirándose a su máxima capacidad, incluso despertando a un hombre que iba dormido y que pataleó asustado como si estuvieran a punto de violarlo. La niña finalemte emergió de bajo el asiento, levantando la envoltura en todo lo alto, como su gran trofeo.
La Doña le arrebató la envoltura y celosamente la metió en su bolso. Los dos tipos cuchicheaban entre ellos y me miraban.Al llegar a la estación, la Doña tomo sus cosas y a su hija y me sonrió. Salieron del vagón y antes de que se cerraran las puertas, miré que le señaló algo en la orilla y la niña se agachó para recoger una envoltura de Bonáis que yacía en el piso. La Doña y su sueño de ser poseedora de una congelada motorizada me conmovieron. Me sentí mal por un instante, sólo un pequeño instante.
Al cerrarse las puertas, devolví mi atención al vagón y note que los gueyes esos habían tomado los lugares de la Doña y la niña y que ambos me miraban de forma reprobatoria. Sabía que tendría que soportar su mirada incisiva hasta la siguiente estación donde yo bajaba. Yo tenía muchas ganas de citar al Papá Pirata y decirles “les vale verg@ pendejos” pero opté por la paz y regresé a mi Kalimán.

viernes, 21 de mayo de 2010

1. Los Pitufos humanos.

Disfrutando de un bonito paseo en el aromático y fresco Metro capitalino, observé a un hombrecillo caminado torpemente, mientras intentaba ponerle PLAY al mini DVD player que cargaba en su mochila. Finalmente logró su cometido y entónces hábilmente abrió como abanico unos 6 ó 7 DVDs en un paquetito de celofán. En la portada se leía "Avatar", pero el hombre gritaba “se va llevar el DiViDí de su película "Avatárr”, así gritaba “Avatárr” y luego vino lo que me hizo el día, el jovenazo añadió a la descripción de su producto “Diez peso le vale, la versión de cine de los Pitufos humanos”, yo estuve a punto de ahogarme con el Bonáis que le había comprado al vendedor anterior. Luego pensé que estaba juzgando de más al hombrecillo, pues tal vez tenía dos trabajos, distribuidor de cine de día y chichifo en el Cine Teresa de noche, y que tal vez por eso, no tuvo tiempo de analizar a fondo su producto e intuyó que Zoe Zaldana interpretaba a la polígama Pitufina. Así que elegí regresar a la lectura de mi gustada historieta Kalimán.
Cuando llegó a la altura de donde yo estaba sentado, el hombre que estaba a mi lado le pidió uno y le pagó con toda la morralla del mundo. El hombre empezó a analizar orgulloso su compra y el pequeño niño que lo acompañaba le preguntó “oye Pá, qué no dicen en la tele que no hay que comprar desas películas?”, el hombre titubeó un segundo y le contestó “no mijo, esas son las que venden en Tepito, éstas no hay tos” el pequeño de unos 7 años, le compró la gran mentira y tomó el DVD para verlo.
Yo sabía que la película ya había generado más de 2mil millones de dólares, pero soy de la idea que quien se atreva a invertir 500 millones sin saber si funcionará, merece ganar varias veces lo que arriesgó.
Así que no pude contenerme y le dije al hombre “disculpe Señor, me llamo Crisantemo y perdón que ande de metiche, pero el niño tiene razón. Toda la piratería es mala, yo tengo amigos que trabajaban en cine o en disqueras y han perdido su trabajo porque la piratería está matando la industria.”
El hombre me miró muy serio. Un pequeño destello de reflexión que encontré en sus ojos, me dio esperanza. El hombre asintió frunciendo el ceño y la boca y finalmente, al llegar a la siguiente estación, tomó a su hijo de la mano, se puso de pie y justo antes de salir del vagón me miró a los ojos y me dijo muy serio “te vale verg@ pendejo” y salió del vagón.
Ví que mientras se alejaba, volteó una vez más y alcancé a escuchar al pequeño preguntarle “oye Pá? Qués verg@?”.