Seguimos avanzando cada vez más rápido y 13.6 metros más tarde, la vecina y el carrito de Gual Mar yacían sobre la acera. A pesar de que el carrito estaba viejo y oxidado, lucía en mejor estado que la vecina.
Me volteó a ver y me dijo “no siento las piernas”, al escucharlo sentí que me iba a desmayar, pero al ver mi cara, se empezó a reír y me dijo que era broma. No me reí.
La ayudé a levantarse y noté que aún tenía su cerveza en la mano, lo cual me pareció muy pro en las artes etílicas.
Caminamos un poco y vimos un puesto de garnachas al que no pudimos decirle no. Me descubrí tímido al pedir sólo un pambazo, pues la vecina pidió dos, una gordita y una quesadilla de huitlacoche que terminó en una discusión que me dio hueva. Huitlacoche o cuitlacoche, chipotle o chipocle, el azúcar o la azúcar. Hueva. Cuando iba a la mitad de mi pambazo, descubrí que la vecina estaba por terminar toda su orden, supuse que su sistema consistía en no masticar, pues cada que daba una mordida, levantaba la cara, como los pájaros cuando toman agua. A la hora de pagar me volteó a ver y yo volteé a ver el cajero que estaba al lado. Cuando regresé del cajero, la Doña de las garnachas le estaba entregando un paquete a la vecina. La muy mezquina había pedido más para llevar.
Unos minutos más tarde, llegamos a un edificio horrible que se veía a punto de derrumbarse. Sobre la banqueta, noté varias manchas rojas que parecían ser sangre seca. La vecina notó mi sospecha y me dijo “es la chamoy”, así dijo “la chamoy”, sólo el hecho de hacer al chamoy femenino, me pudo distraer del hecho de cómo diablos sabía que era chamoy.
Al entrar, nos recibieron tres tipos tan elegantes que parecían franceses. Uno de ellos le dijo a la vecina “eehehhhhh” o algo así. Los hueyes estaban tan drogados que sólo emitían sonidos, curiosamente, ningún sonido incluía consonantes. Mientras pasábamos junto a ellos, creí escuchar varias erres. Un segundo más tarde, mi nariz me indicó que no eran erres.
Al tocar la puerta, nos abrió un tipo que se veía igual de sofisticado que los franceses, nos dijo “eeeh” y supuse que todos en el edificio hablaban con puras vocales. Entramos y la vecina fue a la cocina a poner sus garnachas en el refri. Yo pasé directo a la sala y luego de escanear la zona con técnica depurada, noté que faltaba un elemento clave. Al voltear para ir hacia la cocina, la puerta del baño se abrió y Samantha apareció, caminando hacia mí. Juro que iba en cámara lenta. Se acercó y me dijo “Crisanto, veniste”. Yo le dije “Eeeehe” Ella sonrió y me dijo que estaban por empezar a jugar camaleones.
Nos sentamos en la sala y ví al Pelusa en el sillón de enfrente. Me vio sentado junto a Samantha y sonrió, lo cual me trajo cierta paz. Entonces me explicaron que camaleones era como el juego ese de las películas, en el que tratas de adivinar, pero en lugar de películas, le dices a alguien un personaje y lo tienen que actuar hasta que su equipo adivina. Vimos a un mediocre Michael Jackson, una Madonna demasiado gráfica para mi gusto y un Elvis que parecía tener polio. De pronto ví al fondo, una mujer muy sucia que cargaba una botella de Don Pedro casi vacía. Tenía puesta una playera que decía “estaríamos mejor con López Obrador” que se me pareció una metáfora perfecta. Yo intenté hacerme el chistoso, la señalé y grité “La Chupitos” y empecé a reírme. Al notar que mi risa era un monólogo incómodo, miré alrededor y todos me veían como si acabara de meter al más tierno cachorro en el microondas. Samantha se acercó a mi oído y susurró “Es la Mamá del Pelusa. Es alcohólica”. Yo me sentí como si fuera la persona más horrible del mundo, después de Fher de Maná. El Pelusa se levantó y guió de regreso a su progenitora hacia el cuarto de donde había salido. Yo deseé tener una cápsula de humo para arrojarla y desaparecer. Samantha me dijo que no me preocupara, que El Pelusa era muy alivianado y que mejor lo dejara pasar. Lo pensé por un momento y decidí que tenía que disculparme con El Pelusa. En cuanto salió del cuarto, lo abordé y le dije que sentía mucho lo que había pasado y que si quería que me fuera, lo entendía perfectamente. Él me dijo que no me preocupara, que todo estaba bien entre nosotros y seguíamos siendo mejores amigos. Yo no diría que eramos mejores amigos, pero el tipo era tan cool, que empecé a considerarlo.
De pronto, un ruido muy fuerte nos invitó a la cocina. Al entrar, vimos a la vecina tirada en el piso. Un extraño líquido rojo cubría el suelo y la mesa. La primera impresión fue pensar que era sangre, pero en cuanto la vecina se medio incorporó, ví sobre el piso un frasco de salsa de tomate Barilla. Yo no podía creer que luego de la media docena de garnachas, tuviera hambre, pero ella confesó que planeaba preparase un Bloody Mary. Primero me sorprendió escucharla decirlo con un perfecto acento británico. Luego sentí un gran asco, al pensar en el Bloody Mary preparado con salsa para spaghetti. Samantha y otra chica trataron de ayudarla caminar hacia la sala, pero la vecina gritaba “ando bien, ando bien, otra caguama!”
Cuando me disponía a seguir a todos, El Pelusa me dijo “quieres ver algo increíble?” y viniendo de un hombre que parece el eslabón perdido, siempre debes responder que sí. Me llevó por un pasillo que olía a la medicina de mi Tía Conchita, que sufría de artritis. Al final había una puerta en la que había un letrero que decía, “En esta casa, no comemos tocino”. Lo leí tres veces, tratando de encontrar un mensaje oculto, y finalmente concluí que en esa casa, no comían tocino. El Pelusa me volteó a ver y me preguntó “Listo?” yo no sabía si lo estaba o no, pero mi curiosidad me roía el cerebro tan intensamente, que podía escucharla. En cuanto le dije que sí, abrió la puerta y un fétido olor me golpeó la cara, como la más intensa de las cachetadas imaginarias. El Pelusa al notar mi cara de asco me dijo, “no te preocupes, te acostumbras”, yo no estaba seguro si quería acostumbrarme. Entramos y ví cerca de 20 bolsas de galletas de animalito. De niño me encantaban, de grande descubrí que eran una basura y dejé de comerlas. Al voltear hacia donde estaba el Pelusa, lo ví cargando un puerquito. Rosa. Impecable. Digno de ser el Babe original. Pero algo estaba mal, la imagen y el aroma no eran congruentes. Le dije que no podía creer que un puerquito tan pequeño pudiera generar un olor tan fuerte, entonces me dijo que era Gertrudis quien olía. Señaló hacia la esquina de la habitación y ahí yacía Gertrudis, una marrana enorme que apenas podía moverse y bufaba como gordo en sillón luego de acabarse una cubeta de Kentucky. Los dos porcinos justificaban el letrero del tocino, pero por más que pensé y pensé, no encontré algo que justificara tener a dos puercos en un departamento.
Al llegar a la sala vimos a la vecina sobre la mesita de la sala. No supe si estaba bailando o tratando de mantenerse de pie. Para ese entonces, su sangre ya tenía más alcohol que un hospital y era inevitable pensar que las próximas tres horas, serían duras, y la mañana siguiente, una dura prueba para el frágil cuerpo humano. La vecina finalmente cedió ante la fuerza de gravedad y cayó. Todos la veían sin inmutarse, como que lo que acababa de pasar era una tradición a la que todos estaban acostumbrados. Samantha se acercó y me pidió que la ayudara a llevarla a un cuarto. Pensé que llevarla al cuarto de los puercos sería un detalle cruel y descarté esa idea. En lugar de eso, Pelusa sacó a su Mamá del cuarto y atrás de ellos salió un hombre que lucía tan mal, que hacía a la Mamá del Pelusa, parecer Scarlett Johanson. El hombre nos volteó a ver a mí y a la piltrafa humana que tenía en brazos y dijo “eeeheheh” y tosió. Le dije “eh” y me dejó entrar al cuarto. Puse a la vecina sobre lo que parecía ser una cama y pensé que tal vez, después de todo, los marranos no eran tan mala idea. Samantha se sentó en la orilla de la cama y me pidió que la esperara afuera, que saldría en 10 minutos. Me tomó de la mano, me acercó lentamente y me dio un beso. No podía creer que nuestro primer beso había sido en un entorno que olía a patchouli y con una vecina perdida en alcohol como testigo. Aún así, el beso de Samantha me pareció perfecto.
Salí del cuarto y cerré la puerta. Al voltear ví a una chica que tenía un sombrero y zapatos como de Peter Pan. Pero azules. Me dijo “pst!” y movió la cabeza como indicando que la siguiera. Luego de unos pasos, se detuvo frente a un cuadro sobre la pared. La ví raro y luego miré el cuadro. No podía creer lo que tenía frente a mí. El Pelusa tenía una primera edición de Kalimán, impecable. Entonces la chica susurró “Me dijo Ana que eres bien re fans” así dijo “bien re fans”. Le dije que sí y volví hacia el Kalimán. Entonces El Pelusa se paró junto a mí y me dijo que su Madre quería conocer al nuevo mejor amigo de su hijo. No pude más que seguirlo.
Entramos a la cocina y la Doña estaba sirviendo el último trago de la botella en un vaso imposiblemente pequeño. El Señor estaba haciéndole algo al refrigerador. Primero no supe si había visto mal, pero luego de un segundo vistazo, tuve claro lo que estaba viendo. El viejillo se estaba portando cariñoso con el refri. Volteé a ver al Pelusa y me dijo “se está rascando”, es mi Tío Toño. La señora empujó una silla con el pie y me pidió que me sentara. Quité con la mano las 6 variedades de moronas que había sobre la silla y me senté. La Doña me acercó el mini vaso y me puso el suyo frente a mí. Brindamos y le dí un pequeño sorbo. Ahora, yo no soy un experto en Brandy, pero lo que acababa de probar sabía raro. Le sonreí y luego giré la botella para descubrir que decía “Ron Pedro”, me encantó lo de Ron Pedro. Volví a sonreír y le di un segundo sorbo. Entonces la Doña empezó a darme una cátedra sobre paternidad, el sentimiento de ser madre y toda esa basura. Y después de cada oración, decía “los hijos son prestados… prestados”. Otra oración y “los hijos son prestados… prestados”. Entonces el Tío Toño dejó de abusar del refri, se sentó frente a nosotros y esperó a que la señora terminara su frase de los hijos prestados y dijo “no somos nadien”. Esto se estaba poniendo cada vez mejor. Cinco minutos más tarde, la Doña tenía los ojos medio cerrados y sólo decía “prestados” y la seguía el viejillo “no somos nadien”. Esto sucedió al menos 7 veces, hasta que el Tío Toño me preguntó, “quieres ver algo?”, yo con tal de escapar de la tortura verbal le dije que sí. Entonces se levantó y se empezó a desabrochar el cinturón. Mi impacto fue tal, que hasta tiré la silla al suelo. El Pelusa entró en ese instante y al ver a su Tío a punto de bajarse los pantalones, lo detuvo. Yo le dí gracias a Dios y luego al Pelusa. Lo llevó hacia el refrigerador y el viejito empezó otra vez a darle cariño al pobre electrodoméstico. El Pelusa me dijo que seguro me iba a enseñar una hernia enorme que tenía en la ingle. Incluso me dijo que la llamaba Ernie. De pronto me descubrí en medio de un tipo que parecía Pie Grande, un hombre con una hernia llamada Ernie dándole afecto al refrigerador y una Doña que según yo, ya estaba dormida, pero seguía diciendo “prestados”. En ese instante entró Samantha y me dijo “listo?”. La amé aún más. Me despedí del Pelusa y su maravillosa familia y salimos del departamento. Samantha me dio otro beso y me dijo “vamos a mi casa”. La tomé de la mano y empezamos a bajar las escaleras.
jueves, 17 de noviembre de 2011
miércoles, 6 de abril de 2011
10. EL RESCATE DEL FALSO LIZMARK.

Seguí a Samantha con la vista hasta toparme con la cara del Pelusa, quien me miraba muy serio. Levanté la mano para saludarlo y para mi enorme sorpresa, Él respondió agitando la mano como un inocente niño de 5 años lo haría. Yo no supe por qué, pero sólo pude pensar en la inocencia que tendría Pie Grande ante un encendedor, por supuesto la enorme masa de cabello corporal ayudaba.
Al voltear hacia el otro lado, ví a Ana parada junto a mí. Ella me preguntó si me acordaba de Él, yo le dije que nunca antes lo había conocido. Entonces me dijo que me lo había presentado en una de sus fiestas, sólo que entonces no era El Pelusa, sino Tadeo. El nombre al instante brincó a mi mente y lo recordé. El tipo me había caído re bien. Por supuesto eso fue 10 kilos de cabello atrás.
Samantha y Él platicaban de nuevo y la vecina detectó mi frustración. Entonces se acercó y me dijo, “no te preocupes, sólo son Eme A Pe Ese” así dijo “Eme, A, Pe, Ese”. Yo no tuve alternativa más que poner mi cara de pendejo. Entonces ella lo aclaró “ya sabes, Mejores Amigos Por Siempre, como dice Paris”. Yo supuse que se refería a Paris Hilton pero lo había hecho sonar como la ciudad. Mi boca generó una ligera sonrisa para la vecina, pero en mi cabeza había fuegos artificiales.
Todos los demás empezaron a empacar sus cosas y yo me uní al ritual. Ana me pidió 20 minutos para tomar un poco de sol y no pude más que acceder. Al volver la vista, El Pelusa, Samantha y otros cuantos ya no estaban ahí. A pesar de buscarla con la urgencia que una madre buscaría a su pequeño hijo extraviado en medio de la Pamplonada, no pude encontrarla.
Me resigné y le dije a la vecina que iría a dar una vuelta y regresaría en 20 minutos, ella, instalada en el camastro me dijo que estaba bien. Saqué una chela y puse mi mochila junto sus cosas. Pensé en echar un vistazo al Mini Zoológico que había visto en el mapa.
Al llegar ahí, descubrí que no estaban bromeando al llamarlo Mini Zoológico. Incluso pensé que Micro Zoológico hubiera sido más adecuado, pues tenía tres jaulas, una con un changuito que lucía muy enfermo y se rascaba incesantemente su área especial; otra en la que había 3 zopilotes que miraban al changuito como esperando a que de un momento a otro, cayera muerto; la tercera jaula tenía un French Poodle que supuse algún día había sido blanco, pero ahora lucía como una bola de estopa tirada en piso. Me sentí fatal por los animales, más por el French Poodle, pues junto a su plato, había un enorme costal de Whiskas. Los muy ingratos le estaban dando comida de gato. Al menos el changuito tenía plátanos y los zopilotes, la esperanza de algún día, degustar al pequeño primate.
A un costado del mini zoológico, ví un puesto de bromas. El simple nombre “Puesto de bromas” me daba risa. Me dio tristeza verlo vacío y supuse que los niños ahora en lugar de los chicles de ajo, las bolsas de pedos y las cacas falsas, prefieren el X-box y Facebook. Me prometí a mí mismo, que cuando tuviera un hijo, le regalaría un balero y una bolsa de pedos. También ví que vendían máscaras de luchador. Pregunté si tenían la de Lizmark y la doña del puesto simplemente me señaló la zona de máscaras. Resignado busqué entre las opciones y finalmente la encontré. Mi amigo Lalo y yo siempre habíamos querido encontrarla, pero nunca habíamos tenido suerte. Me dio tanto gusto, que decidí comprarla aunque el precio y la calidad no fueran coherentes. Le pregunté si aceptaba tarjetas y me puso su cara de “no seas pendejo”, así que le pagué con los últimos 80 pesos que traía con la esperanza de encontrar un cajero cerca.
Caminé un par de pasos y abrí mi cerveza para celebrar mi hallazgo con un sorbo. En una fracción de segundo, un silbato sonó junto a mí, tan fuerte, que estuve a punto de sufrir una embolia del susto. Al voltear, encontré a un policía tan pequeño que tuve que bajar la vista, pero tan gordo, que tuve que mirar de lado a lado para verlo, como si lo estuviera escaneando. Al fondo, otros dos oficiales corrían hacia mí. Yo miré alrededor como temiendo que un peligro inminente estaba cerca y los tres agentes sólo intentaban protegerme. Uno de los agentes, el más alto, se acercó lentamente con una mano junto a un revolver tan viejo que dudé que funcionara, pero no estaba dispuesto a arriesgarme. La otra mano, la tenía levantada hacia mí, como en saludo Apache. Yo no entendía lo que estaba pasando. El policía me dijo “Señor, lo mejor que puede hacer es cooperar”. Yo les dije que lo mejor que ellos podían hacer era explicar. Esto pareció enfadarlos y como que me rodearon. El agente me dijo, ahora más serio, “ponga la cerveza y la máscara en el piso y retroceda”. Yo estaba muy confundido pero elegí cooperar. Puse las cosas en el piso y dí un par de pasos hacia atrás.
El poli me explicó que estaba prohibido beber en las instalaciones y que tenía que acompañarlos. El mini policía sacó una bolsita y puso la lata dentro, al más puro estilo de programa policial, la máscara la tomó con la mano. El tercer policía me tomó del brazo y elegí acompañarlos. Avanzamos entre una multitud que me miraba como si yo fuera el criminal más buscado del mundo. No sé por qué, pero la idea de generarle cierto miedo a la gente como que me gustó, al menos, hasta que le sonreí a una niñita y empezó a llorar.
Llegamos a la comandancia, que tenía el tamaño de una caseta de estacionamiento y me pidieron que me sentara. Al voltear a ver la silla, noté que tenía mugre del año que le pidieras, así que les pedí que me dejaran estar de pie. El mini agente tomó el radio y dijo “29, 29, tenemos un 50 abierto en 20 principal”, al notar que lo estaba viendo, medio se volteó, y como si yo pudiera entender sus pinches claves, el pendejo empezó a hablar más bajo. Varios minutos después, llegó un policía con las piernas tan cortas y el torso tan ancho y desparramado sobre el cinturón, que parecía una mantecada.
Me miró un momento y luego se acercó a los otros agentes. Empezaron a cuchichear y ligeras risitas surgieron, luego me voltearon a ver y la intensidad de las risas incrementó, a tal grado, que el “Muffin Policía” empezó a toser de tal forma, que pensé que le quedaban como 18 segundos de vida. Cuando logró calmarse, sacó una cajetilla de Marlboro 14 y el mini agente en una fracción de segundo, sacó un encendedor para proveerle un poco de humo al gran jefe. Cada vez que le acercaba el encendedor, el jefe tosía y apagaba la flama. Luego de 7 intentos, no pude contenerme y una pequeña risilla los enfureció. El gran jefe se puso en cigarro en la oreja y se acercó a mí lentamente. Me miró a los ojos y me dijo “Te parece chistoso”, con la voz de un niño de 5 años, tal vez 4. Luché con todo lo que tenía para frenar mi risa. Luego me dijo “Eh?” “Eh?”. Todo era simplemente demasiado, pero mi necesidad de ver a Samantha otra vez, logró contenerme.
Entonces hice lo que mejor sabía hacer, mentí. Le dije que tenía una condición médica llamada “Fabulismo de endorfinas” y que me causaban liberar risa cuando me sentía nervioso o triste. Luego para darle solidez a mi historia, le dije que me había reído durante todo el funeral de mi abuela, y con eso, compré un poco de simpatía. Me preguntó mi nombre y al decirle “Crisantemo”, ya tenía al jefe en el bolsillo. Me dijo que desgraciadamente había cometido una infracción y que teníamos que llegar a un acuerdo. Yo maldije un poco al recordar que mis últimos 80 pesos se habían ido en la máscara. Unos segundos más tarde, descubrí que el mundo en que habitamos, es como una novela de ficción en la que el mayor de los absurdos, es más común que la ignorancia en los políticos.
El gran jefe me preguntó si estaría interesado en donar mi máscara de Blue Demon a la memorabilia de la caseta de policía. Analicé su propuesta, queriendo estar seguro que lo que mis oídos habían escuchado, no era un invento de mi cabeza pretendiendo vivir en un mundo en el que Chabelo, era el rey del mundo. Luego de mi diálogo interno, le dije que por supuesto estaba dispuesto a hacer la donación, pero que la máscara era de Lizmark, no de Blue Demon. Entonces entramos en una polémica de luchadores que se prolongó más de lo imaginable. Al final del debate, el gran jefe ya me decía hermano, y el mini policía me había ofrecido ser chambelán en los 15 años de su hija, próximos a celebrarse. Nos despedimos de abrazo y choque de puños. Haberme hecho amigo de los polis, me había regalado una breve sensación de McLovin, lo cual me hizo sonreír un poco, luego corrí de regreso hacia donde la vecina.
Al verla de lejos, pensé que se veía medio naranja, pero al acercarme, descubrí que estaba tan roja, que era difícil diferenciar entre su piel y la toalla de Coca Cola sobre la que estaba dormida. La moví un poco y despertó toda apendejada por el sol. Había pasado una hora. 60 minutos de rayos ultravioleta filtrados con su aceite para bebé barato. El resultado era lamentable. Luego se incorporó, y noté que toda la mitad de atrás, estaba completamente pálida. Era el efecto Duvalín en su máxima expresión. Mientras se desapendejaba, liberaba pequeños quejidos, seguramente ocasionados por el dolor en su piel. Le expliqué lo que había pasado, y para mi sorpresa, reaccionó de la mejor forma y así, adquirió todo mi respeto.
La ayudé a levantarse y me dijo que le dolían los huesos, me sentí fatal. Con todo mi pesar, le dije que si quería, podíamos simplemente ir a su casa para que descansara. Ella me miró muy seria y me dijo conmovida que sabía lo mucho que yo quería ver a Samantha y que haber pensado en su salud primero, le había enchinado su roja piel de gallina y que sólo por eso, estaba dispuesta a llevarme a casa del Pelusa. Fue entonces cuando descubrí que la bondad, la misericordia y toda esa basura, realmente funcionaban. La ayudé a ponerse su vestidote y caminamos muy lentamente hacia la salida. Una calle más tarde me dijo que sus piernas le dolían más y más. Al terminar de decirlo, vimos junto a nosotros, como una aparición celestial, un carrito de Gual Mar, como ella decía. Nos volteamos a ver y 10 segundos más tarde, ya la estaba yo empujando por la calle, los dos con la sonrisa con la que dos niños juegan con su primer carrito. Para ese entonces, la vecina ya se veía medio morada, y me hacía sentir como Elliot, empujando a E.T. La vecina se reía divertida y gritaba, más rápido entre cada sorbo de cerveza. Yo aceleraba feliz, sabiendo que unos minutos más tarde, vería de nuevo a Samantha.
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miércoles, 22 de diciembre de 2010
9. LAGUNILLA SHORE.

Al llegar a casa, descubrí que no había luz. Pensé en maldecir un par de veces pero al recordar que mi medidor tenía diablito, elegí resignarme y poner agua a hervir para mi sopita.
Para ese momento, mi estado de deshidratación era brutal. Abrí el refrigerador y ví un Boing de mango, aún frío, el envase ya estaba un poco sudado y lo hacía lucir como prop para comercial. Me lo tomé en 2.7 segundos y volví a abrir la puerta. Al no encontrar nada, decidí que era tiempo de brincar en la ducha.
Luego del baño, busqué en el armario algo con lo que pudiera nadar. Encontré un traje de baño enorme que usaba cuando estaba gordo, un speedo azul chiclamino que estaba seguro no era mío y los calzones Rimbros que uso cuando toca lavar ropa. Nada era adecuado, no podía creer que no tenía nada de ropa de balneario, tal vez sería porque tenía más de 5 años que no visitaba uno. Finalmente encontré unos chors, como decía mi tía Cecy. Me los probé y como eran negros, hacían lucir mis piernas aún más pálidas, pero era lo mejor que tenía, así que me puse unos jeans encima y una playera de Disco Beach para que la gente supiera que había ido a Acapulco, al menos en los 90s.
Luego de tres cucharadas de sopita, escuché la puerta. La pinche vecina nunca levantaba la caca de su perro, pero vaya que era puntual. Me hice pendejo varias cucharadas más y luego le abrí. La muy ingrata, tenía puesto un sombrero tan amplio que primero pensé que tenía uno de esos conos que les ponen a los perros cuando hay algo mal, y portaba un vestido tan grande, que parecían tres. Le pedí dos minutos más para terminar mi sopita y me dijo que me esperaría en la tienda de la esquina.
Al llegar a la tienda, noté que estaba metiendo en su mochila, como 3 six de cerveza. Le ofrecí pagar la mitad pero me dijo que esas eran para ella, que si yo quería, podía comprar más. Luego de superar el hecho de que mi acompañante tenía planeado consumir 5 litros de cerveza, compré un six, un Clamato, 3 limones y un chicharrón. Me sugirió que pidiera cueritos para mi chicharrón y yo le sugerí que se fuera al diablo pues los cueritos me daban más asco que Fher de Maná. Bueno, tal vez igual de asco.
Finalmente salimos de la tienda y me preguntó, “tomamos la micro o cogemos un taxi?” Yo elegí separar la pregunta en dos, pues tanta violencia gramatical en una sola oración, me resultaba imposible. Luego de procesar ambas preguntas, elegí el taxi. Sólo le pedí caminar una calle más para comprar el Kalimán con mi voceador de confianza y luego abordamos un taxi que no olía a cenicero, sólo a sudor de chofer de taxi, $27.80 más tarde, llegamos al balneario. Fue entonces cuando descubrí que el lugar efectivamente estaba en Reforma, pero a la altura de La Lagunilla. Temí lo peor.
Pagamos 15 pesos cada uno, en una taquilla tan impecable que me dio esperanza. Misma que dos pasos más tarde me fue arrebatada al toparme con una multitud de hueyes entre mamados y bofos con bronceados en tonalidades rosáceas-anarajandas y brillando a más no poder por los varios litros de aceite para bebé que tenían encima. Todos portaban speedos, todos excepto por uno que supuse que tendría puesto un short tan pequeño, que su enorme panza sólo dejaba ver la orilla. Era una pesadilla. Alcancé a ver a 4 mujeres en el camino, 4 entre la multitud de hombres. Una tenía una toalla sobre el cuerpo y otra en la cabeza con el típico estilo turbante. Otra estaba sentada en un camastro, evidentemente ebria, pues estaba dormida, rodeada de varias latas de cerveza y tenía media chichi de fuera. La escena era tan desagradable, que ni la media chichi la volvía interesante. Las otras dos eran empleadas del lugar.
Finalmente encontramos a los amigos de la vecina. Por suerte, todos lucían medio normales. Todos menos uno que en lugar de traje de baño, portaba una playera del América y una trusa Trueno, ambos empapados. A Él no lo saludé.
Cuando estaba por acomodarme en un rinconcillo para descansar y tomarme una chela, la vecina me preguntó si la acompañaba a la alberca. Como ya no tenía ni el sombrero ni el vestidote, la acompañé. La dichosa alberca estaba tan llena, que literalmente, era un consomé humano. Regurgité un poco. El tobogán era tan pequeño que se veía más bien como una resbaladilla en la que apenas cabía un niño siempre y cuando no estuviera gordo. Le sugerí intentar en la otra alberca que estaba en le mapa del lugar.
Al llegar, me sorprendí al ver que la alberca estaba casi vacía. La vecina me sonrió y brincó al agua. Luego empezó a moverse tan agitadamente, que pude jurar que había una podadora en el agua y se estaba electrocutando. Cuando se detuvo y se puso de pie, descubrí que simplemente, apestaba en las artes natatorias.
El calor, la cruda y la mirada incisiva de la vecina como diciendo “órale huey” me hicieron quitarme los jeans, mis Converse y la playera y prepararme para saltar al agua. Metí la punta del pie para checar la temperatura, un segundo más tarde, pensé que estaría proyectando la imagen de una niña de 8 años, así que fingí que estaba bromeando y salté al agua. Estaba tan fría, que todo mi cuerpo, instantáneamente se cubrió de la popular piel de gallina. La vecina se burló un poco de mí, sólo un poco. Luego nos quedamos parados, sin hacer o decir nada. La escena era tan incómoda que acordamos regresar con el grupo.
Al volver a donde había dejado mi ropa, sólo ví mis Converse y la playera. Busqué mis jeans dando vueltas como perro correteando su cola y no los encontré. La vecina se acercó y me dijo muy seria “te dije que tuvieras cuidado con tus cosas, aquí siempre se pierden”, hurgué mentalmente y luego le reclamé, pues no había advertido, entonces se disculpó.
Regresamos con sus amigos y yo lo único que podía pensar era en mi regreso a casa vistiendo sólo los pinches chors. Afortunadamente mi mochila aún estaba ahí, así que saqué una chela y me la tomé en 6.8 segundos. Abrí otra y le dí sólo un sorbo. Luego algo llamó mi atención. Un huey con el cabello y la barba tan largos, que instantáneamente miré alrededor estando seguro de que Wilson andaría cerca. Primero pensé que tenía puesto un suéter, pero luego noté que era el huey era como un tapete humano, una vez más regurgité. El tipo definitivamente tenía que ser una especie de náufrago urbano o algo así. Sentí pena por él, hasta que una mujer con un cuerpo impresionante y un bikini tan pequeño, que se veía tan irresistible como un billete tirado en el piso, se acercó y platicó con él, muy, tal vez demasiado amigablemente. Entonces el mundo tuvo menos sentido que nunca.
La vecina se acercó y me dijo, “son el pelusa y Samantha”. Volteé un segundo a ver a la vecina y regresé a Samantha, no podía dejar de mirarla. Al menos hasta que un tipo pasó frente a mí con mis jeans puestos. Le reclamé y como si nada, se los quitó, sacó un juego de llaves de la bolsa, los dobló con gran destreza, me los dio y luego de una sonrisa de resignación, se fue. Mientras intentaba procesar lo que acababa de pasar, la vecina me dijo “Crisanto?, te presento a Samantha” así me dijo la huey “Crisanto”. Pero por el hecho de que me estaba presentando a Samantha, me pudo haber llamado Andrés Manuel y aún así la habría perdonado.
Samantha extendió la mano y yo sin pensar le di un abrazo, mismo que para mi sorpresa, fue correspondido. Samantha crecía en mí mente cada fracción de segundo. La vecina sabía que Samantha me había enloquecido, estar salivando en exceso y mi cara de pendejo no podían ocultarlo. Luego Samantha me dijo que la vecina le había dicho que yo era fotógrafo y que ella necesitaba unas fotos para su book porque quería ser modelo. Entonces estuve 100% seguro de que Dios me amaba como a pocas creaturas en el mundo. Me dijo que varios irían a casa del Pelusa a jugar Camaleones, yo no tenía idea de qué rayos estaba hablando pero le dije que me encantaría ir a casa del Pelusa a jugar Camaleones. Me dijo que Ana sabía donde vivía y yo le pregunté quién era Ana, fue entonces cuando supe que la vecina, a quien yo siempre llamaba vecina, se llamaba Ana. Le dije que ahí la vería para ponernos de acuerdo para las fotos y ella me dijo, “está bien Crisanto, ahí te veo” yo la corregí y le dije que mi nombre correcto era Crisantemo. Ella sonrió y yo puse otra vez mi cara de pendejo.
lunes, 4 de octubre de 2010
8. YO SÓLO QUERÍA UNA SOPITA.
Al salir a la calle, busqué un símbolo que me diera una clave de dónde estaba, como el Ángel, para saber que era La Cuauhtémoc; o un corporativo y un basurero con el mismo código postal, para ubicar Santa Fe; o un coche achaparrado para saber que estaba en Satélite; algo que me diera una noción de espacio y tiempo. Finalmente noté un grupo de hipsters wannabes entrando a un restaurante que estaba entre otros dos y de inmediato supe que estaba en la Condesa. Eso me dio gusto, pues estaba cerca del mercado. Tomé un taxi que me regaló la experiencia de viajar en un cenicero motorizado y luego de 12.95 pesos, llegamos.
Antes de entrar, revisé mi celular para ver si tenía mensajes y descubrí que no tenía ni batería, lo cual me pareció ideal para disfrutar de mi almuerzo en calma. El mercado estaba tan lleno que parecía antro. El primer puesto que ví, era uno de tacos de guisado en el que la gente se arremolinaba como si fuera una barra con tragos gratis. El guey que tomaba las órdenes, tenía una playera que decía “U-Dos”, así decía “U-Dos”, y tenía una foto de Bono tan mal impresa, que más bien parecía Arjona. El guey estaba instaladísimo en su actitud de Rockstar, con decenas de fans aclamándolo, pero en lugar de gritar “Bloody Sunday” o “With or without you”, gritaban, “Arroz con huevo”, “Chile relleno” y el tipo asentía con una arrogancia, que me causaba fascinación y asco en iguales cantidades.
Borré los tacos de guisado de mi lista mental y seguí mi camino, pensando que en realidad lo que yo quería, era una sopita. Me abrí camino entre la muchedumbre avída de garnachas y unos metros más adelante noté que el puesto de carnitas tenía sólo siete personas formadas en una línea tan perfecta y rigurosa que me resultó irresistible. Luego de un minuto formado, empecé a ponerme nervioso pues tanto los clientes como los empleados, hablaban como en clave “Dos nana, dos buche, los cuatro con copia en plato separado para llevar con todo”, “dos cuerito, costilla entera, roja y verde aparte, todo sin jardín” y yo sólo iba a pedir un taco de maciza. Luego noté que los idiotas, tenían colgada la cabeza de un marrano como diciendo “tenga usted el honor de conocer a quien se va a comer”. La imagen era muy perturbadora así que intenté moverme un poco pero juro que los ojos del marrano me seguían, como esas pinturas que generan tal efecto. No pude más y salí de la fila pensando que como sólo quería mi sopita, podía olvidar las carnitas.
Me puse como meta ir directamente al puesto de barbacoa. Evité mirar algunas tentaciones y finalmente logré llegar al puesto deseado. Miré las mesas y estaban repletas de gente que comía sin piedad. Noté un pequeño espacio entre un niño regordete y un hombre vestido de payaso. Me encantó la idea sentarme ahí y como pude me acomodé en medio de los dos personajes. Se acercó un hombrecillo con un bigote imposiblemente delgado y me preguntó “cuántos consomeses” así dijo “consomeses” yo sonreí y le dije que sólo quería uno. En ese instante, se acercó una chica con un escote demasiado pronunciado para estar vendiendo barbacoa y me dijo que ya sólo había un consomé y que me lo traería en un minuto. El hombrecillo debió notar era tal mi deseo de obtenerlo que se ofreció a traerlo él mismo. Yo le agradecí y con gran esperanza, lo ví alejarse. Luego volteé a ver a mis vecinos de mesa y les sonreí. Sólo el payaso me devolvió la sonrisa, dejando ver un pedazo de cilantro en uno de sus dientes.
Devolví mi atención al hombrecillo y lo ví con el plato en sus manos, avanzando hacia mí, mostrando un gran orgullo por su logro de obtener el cotizado último plato de consomé para mí. Luego unos pasos, pisó un envase de Boing que estaba tirado en el piso e irremediablemente cayó, derramando la preciada sopita, en el frío concreto. Dos segundos después, concluí que en la vida, hay pocas cosas tan peligrosas, como un pendejo con iniciativa.
Me levanté y me di la vuelta. Al fondo ví un letrero que decía “Caldos de gallina”. Para ese entonces mi hambre era tal, que hasta las sillas se veían ricas. Me acerqué y le pregunté a un hombre con sombrero si todavía tenían caldos. Asintió si decir nada y con un gesto me indicó que sentara. Su sombrero era tan grande que cada que se movía, le pegaba a la bolsa con agua que tenían colgada para evitar las moscas. Me senté y un minuto más tarde, llegó una señora que se veía muy enojada con un plato enorme, repleto de una sopita humeante que suplicaba ser consumida. Le pedí un unos limones y la muy mezquina me trajo un octavo de limón. Lo exprimí hasta que estuve seguro que no quedaba ni una gota más de jugo, le puse un poco de cebolla picada y mucho chile en polvo que estaba en un molcajete de plástico y empecé a salivar. Le dí un par de vueltas con la cuchara y algo flotó. Así es, algo flotó. Con cierto miedo, metí la cuchara y levanté lo que estaba en el fondo. Yo no era un experto en gallinas, pero estaba seguro que podría reconocer una pierna, muslo, pechuga o ala sin problema. Definitivamente lo que estaba frente a mí era desconocido. Llamé a la Doña y al preguntarle qué era lo que tenía el caldo, me dijo “ah, es lo que son la menudencias”, lo dijo con ese vaivén de singulares y plurales. Urgué mentalmente en mi pedido y no encontré la palabra menudencias en él, de hecho, estaba seguro que tenía al menos 10 años, que no decía esa palabra.
La mujer me dijo que como ya no había otras piezas, pues le habían puesto menudencias. Otra vez la pinche iniciativa. Le pedí que me lo cambiara y me dijo que ya todo el caldo estaba mezclado. Maldije mentalmente un par de veces, me levanté y me fui, sin mi sopita, derrotado.
Decidí que era momento de resignarme e ir a la tienda por una Maruchan. Una de camarón con chile piquín sonaba bien.
En mi camino hacia la salida, volví a ver a todos los personajes que se encargaron de negarme mi derecho natural de disfrutar una sopita. Maldije otras dos veces.
Justo antes de salir, noté que el Taquero Rockstar estaba rodeado de 3 chicas, si bien no lo suficientemente atractivas para contender por el título de Señorita Tlalnepantla, no estaban del todo mal. El huey ya estaba lavando la plancha de las tortillas y traía puestos unos lentes que simulaban ser los populares Oakley de los 90s, pero el armazón decía Oakland, detalle que me encantó. Las micas de espejo tornasol, reflejaban los rostros flirteantes de las tres mujeres. Lamenté no tener una cámara conmigo.
Llegué a mi edificio sin la Maruchan porque en la tienda se les habían terminado. Mi suerte estaba por cambiar al encontrarme con mi vecina quien traía dos bolsas de “Gualmar”, como ella le decía, llenas a su máxima capacidad. Era como el Ying-Yang de las compras, pues una estaba llena de sopas Maruchan y la otra de Cocas light. Le pedí que me vendiera una sopita y amablemente me la vendió en 3 pesos. Yo hubiera pagado 20. Me ofrecí a ayudarle y desgraciadamente aceptó. Al llegar a su casa me dijo “en una hora me voy a ver con unos amigos en el bañario que acaban de abrir en Reforma, así dijo “Bañario”. Tuve la estúpida idea de pensar que sería divertido ir y le dije que sólo necesitaba 18 minutos para bañarme y 15 para mi sopita. Ella sonrió y luego de calcular mentalmente me dijo, “te veo en 33 minutos”, le sonreí y me fui a casa a disfrutar mi sopita.
Antes de entrar, revisé mi celular para ver si tenía mensajes y descubrí que no tenía ni batería, lo cual me pareció ideal para disfrutar de mi almuerzo en calma. El mercado estaba tan lleno que parecía antro. El primer puesto que ví, era uno de tacos de guisado en el que la gente se arremolinaba como si fuera una barra con tragos gratis. El guey que tomaba las órdenes, tenía una playera que decía “U-Dos”, así decía “U-Dos”, y tenía una foto de Bono tan mal impresa, que más bien parecía Arjona. El guey estaba instaladísimo en su actitud de Rockstar, con decenas de fans aclamándolo, pero en lugar de gritar “Bloody Sunday” o “With or without you”, gritaban, “Arroz con huevo”, “Chile relleno” y el tipo asentía con una arrogancia, que me causaba fascinación y asco en iguales cantidades.
Borré los tacos de guisado de mi lista mental y seguí mi camino, pensando que en realidad lo que yo quería, era una sopita. Me abrí camino entre la muchedumbre avída de garnachas y unos metros más adelante noté que el puesto de carnitas tenía sólo siete personas formadas en una línea tan perfecta y rigurosa que me resultó irresistible. Luego de un minuto formado, empecé a ponerme nervioso pues tanto los clientes como los empleados, hablaban como en clave “Dos nana, dos buche, los cuatro con copia en plato separado para llevar con todo”, “dos cuerito, costilla entera, roja y verde aparte, todo sin jardín” y yo sólo iba a pedir un taco de maciza. Luego noté que los idiotas, tenían colgada la cabeza de un marrano como diciendo “tenga usted el honor de conocer a quien se va a comer”. La imagen era muy perturbadora así que intenté moverme un poco pero juro que los ojos del marrano me seguían, como esas pinturas que generan tal efecto. No pude más y salí de la fila pensando que como sólo quería mi sopita, podía olvidar las carnitas.
Me puse como meta ir directamente al puesto de barbacoa. Evité mirar algunas tentaciones y finalmente logré llegar al puesto deseado. Miré las mesas y estaban repletas de gente que comía sin piedad. Noté un pequeño espacio entre un niño regordete y un hombre vestido de payaso. Me encantó la idea sentarme ahí y como pude me acomodé en medio de los dos personajes. Se acercó un hombrecillo con un bigote imposiblemente delgado y me preguntó “cuántos consomeses” así dijo “consomeses” yo sonreí y le dije que sólo quería uno. En ese instante, se acercó una chica con un escote demasiado pronunciado para estar vendiendo barbacoa y me dijo que ya sólo había un consomé y que me lo traería en un minuto. El hombrecillo debió notar era tal mi deseo de obtenerlo que se ofreció a traerlo él mismo. Yo le agradecí y con gran esperanza, lo ví alejarse. Luego volteé a ver a mis vecinos de mesa y les sonreí. Sólo el payaso me devolvió la sonrisa, dejando ver un pedazo de cilantro en uno de sus dientes.
Devolví mi atención al hombrecillo y lo ví con el plato en sus manos, avanzando hacia mí, mostrando un gran orgullo por su logro de obtener el cotizado último plato de consomé para mí. Luego unos pasos, pisó un envase de Boing que estaba tirado en el piso e irremediablemente cayó, derramando la preciada sopita, en el frío concreto. Dos segundos después, concluí que en la vida, hay pocas cosas tan peligrosas, como un pendejo con iniciativa.
Me levanté y me di la vuelta. Al fondo ví un letrero que decía “Caldos de gallina”. Para ese entonces mi hambre era tal, que hasta las sillas se veían ricas. Me acerqué y le pregunté a un hombre con sombrero si todavía tenían caldos. Asintió si decir nada y con un gesto me indicó que sentara. Su sombrero era tan grande que cada que se movía, le pegaba a la bolsa con agua que tenían colgada para evitar las moscas. Me senté y un minuto más tarde, llegó una señora que se veía muy enojada con un plato enorme, repleto de una sopita humeante que suplicaba ser consumida. Le pedí un unos limones y la muy mezquina me trajo un octavo de limón. Lo exprimí hasta que estuve seguro que no quedaba ni una gota más de jugo, le puse un poco de cebolla picada y mucho chile en polvo que estaba en un molcajete de plástico y empecé a salivar. Le dí un par de vueltas con la cuchara y algo flotó. Así es, algo flotó. Con cierto miedo, metí la cuchara y levanté lo que estaba en el fondo. Yo no era un experto en gallinas, pero estaba seguro que podría reconocer una pierna, muslo, pechuga o ala sin problema. Definitivamente lo que estaba frente a mí era desconocido. Llamé a la Doña y al preguntarle qué era lo que tenía el caldo, me dijo “ah, es lo que son la menudencias”, lo dijo con ese vaivén de singulares y plurales. Urgué mentalmente en mi pedido y no encontré la palabra menudencias en él, de hecho, estaba seguro que tenía al menos 10 años, que no decía esa palabra.
La mujer me dijo que como ya no había otras piezas, pues le habían puesto menudencias. Otra vez la pinche iniciativa. Le pedí que me lo cambiara y me dijo que ya todo el caldo estaba mezclado. Maldije mentalmente un par de veces, me levanté y me fui, sin mi sopita, derrotado.
Decidí que era momento de resignarme e ir a la tienda por una Maruchan. Una de camarón con chile piquín sonaba bien.
En mi camino hacia la salida, volví a ver a todos los personajes que se encargaron de negarme mi derecho natural de disfrutar una sopita. Maldije otras dos veces.
Justo antes de salir, noté que el Taquero Rockstar estaba rodeado de 3 chicas, si bien no lo suficientemente atractivas para contender por el título de Señorita Tlalnepantla, no estaban del todo mal. El huey ya estaba lavando la plancha de las tortillas y traía puestos unos lentes que simulaban ser los populares Oakley de los 90s, pero el armazón decía Oakland, detalle que me encantó. Las micas de espejo tornasol, reflejaban los rostros flirteantes de las tres mujeres. Lamenté no tener una cámara conmigo.
Llegué a mi edificio sin la Maruchan porque en la tienda se les habían terminado. Mi suerte estaba por cambiar al encontrarme con mi vecina quien traía dos bolsas de “Gualmar”, como ella le decía, llenas a su máxima capacidad. Era como el Ying-Yang de las compras, pues una estaba llena de sopas Maruchan y la otra de Cocas light. Le pedí que me vendiera una sopita y amablemente me la vendió en 3 pesos. Yo hubiera pagado 20. Me ofrecí a ayudarle y desgraciadamente aceptó. Al llegar a su casa me dijo “en una hora me voy a ver con unos amigos en el bañario que acaban de abrir en Reforma, así dijo “Bañario”. Tuve la estúpida idea de pensar que sería divertido ir y le dije que sólo necesitaba 18 minutos para bañarme y 15 para mi sopita. Ella sonrió y luego de calcular mentalmente me dijo, “te veo en 33 minutos”, le sonreí y me fui a casa a disfrutar mi sopita.
sábado, 28 de agosto de 2010
7. Pepto Bismol shots.

Le sonreí a Triny… o Aby, todavía no sabía quién era quién. Busqué en el cuarto algo que me dijera el nombre, pero no había ni siquiera un diploma del Instituto Fleming que aclarara su identidad. Esto estaba mal, muy mal, pero yo sólo quería una aspirina, tal vez dos.
Me dijo que la medicina estaba detrás del espejo del baño y mi vergüenza y yo salimos del cuarto.
Abrí el gabinete y me topé con lo que parecía un anaquel de farmacias similares. Sólo le faltaba un muñequito del Doctor Simi para estar completo. Pinche Doctor Simi. Luego de leer varias cajas que parecían estar en un alemán ortodoxo, ví una que decía “Ácico acetilsalicílico” y escrito con pluma “Asprinas” así decía “Asprinas”, cómo era lo más cercano a lo que buscaba, tomé un par y regresé la cajita a su lugar.
Al cerrar la gaveta, ví a un huey reflejado en el espejo, yo brinqué por el impacto y tomé un par de segundos para analizar la situación y deduje que nunca antes me había asustado tanto. El muy imbécil estaba sonriendo, como si estuviera orgulloso de su pendejada. “Hola, soy Jeremy” me dijo. Yo no le compré ese nombre y supuse que sería Jeremías y era uno de esos hueyes que creen que sus nombres suenan menos ordinarios cambiándolos de idioma, como Ralph o Claude o Giancarlo. Pinches hueyes.
Elegí unirme al clan y le dije, “hola, soy Chris” y él me preguntó “Chris? o Crisantemo?”, el huey sabía la verdad y tenía que restregármela en la cara. Luego se disculpó por asustarme y le dije que no había problema. Puse las aspirinas en mi boca y me agaché para tomar un poco de agua. Al levantarme, Jeramías ya no estaba ahí. Primero pensé que sus movimientos eran ágiles y silenciosos como los de un ninja o uno de esos agentes del FBI, la KGB o la AFI, bueno, tal vez no la AFI. Luego escuché un periódico cambiando de hoja y lentamente volteé pare encontrarlo sentado, haciendo del baño! "perdón, ya no aguantaba" me dijo el huey, como si eso fuera socialmente suficiente para que yo no le diera importancia. Salí del baño con la agilidad de un agente de la AFI, debido a la resaca, mientras pensaba, “pinche Jeremías”.
Regresé al cuarto y la güera no estaba ahí. La cama estaba mediocremente tendida y mi camisa y pantalón descansaban doblados sobre ella como diciendo, es hora de ir a casa.
Me puse la camisa y el pantalón, y luego de no encontrar uno de mis calcetines, mis Chucks. Cuando estaba amarrando el segundo, la güera entró y al ver que me faltaba un calcetín me dijo “estuvo de fábula el reven”, así dijo “de fábula”, yo seguramente puse mi cara de “no tengo ni idea de qué pasó” pero intenté hacerme pendejo y le dije “sí, estuvo bueno” y luego me entregué al preguntarle “no viste mi otro calcetín?” La güera instantáneamente supo que yo sabía menos de la noche anterior que el Peje de política, e inició su relato.
Me dijo que el calcetín lo había perdido en una apuesta que hice con El Brayan, de ver quién se tomaba más shots de Pepto Bismol, lo cual explicaba la lengua azul-morada. Yo no supe qué era más perturbador, si haber apostado un calcetín? o la Pepto-apuesta en sí. De cualquier forma, El Brayan había Ganado con 8. Pinche Brayan.
Luego me dijo que la playera de mamado era de La Jenny y que me la había prestado para que se viera la axila que me había rasurado. Le pedí que interrumpiera el relato por un momento y me pregunté “¿la axila que me había rasurado?” Me quite la camisa, levanté los brazos, me miré en el espejo y sí, efectivamente mi axila izquierda lucía como el Maestro Limpio. No es que fuera yo un tapete andante, pero parte de la escasa evidencia de mi pubertad, se había ido.
La apuesta había sido un doble o nada contra El Brayan, lo cual significaba más Pepto. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y un un retortijón dejó claro que mi estomágo no estaba contento conmigo.
Al ver la firma en la camiseta, la güera me dijo que Laura León había estado en la fiesta porque es madrina de bautizo de La Jenny. Al parecer, La Tesorito y yo la pegamos durísimo y nos hicimos casi hermanos. Así que firmó mi playera y me regaló un anillo como símbolo de una amistad que no tendría fin. Yo estaba seguro que no volvería a verla jamás.
Finalmente me dijo que yo le había dado a La Tesorito un billete de 50 dólares diciéndole, “tenga Laurita, cómprese algo bonito.” Los 50 morlacos y los 10 varitos argentinos, se los había ganado a un huey que le decían “El Che” a petición propia. Ese personaje se sentía argentino luego de pasar un verano en Bariloche. Pinche Che. La apuesta había sido ver quién tomaba más tequila y yo había ganado. Aparentemente gracias a que el Pepto, había generado una capa protectora en mi estómago.
No supe por qué terminé con la güera, en lugar de la morena pero supuse que sería poco gentil preguntar, además, la güera me caía bien. Al menos hasta que me dijo “ me la pasé padrísimo, me caes re bien por pendejo” así me dijo la huey. Sólo le sonreí hipócritamente y recordé que era sábado de mercado y que quedaba poco tiempo para lograr comprar una sopita.
Me despedí y ella como que me quizo arreglar el cabello pero terminó dándome un zape. Los dos nos reímos, y salí mientras pensaba, “pinche Aby… o Triny.”
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sábado, 24 de julio de 2010
6. La amiga de la morena me caía bien.

Corrí hasta llegar a casa. La emergencia no era la fiesta, sino la cerveza haciendo sufrir sutilmente a mi vejiga. Cada que veía a alguien regando el pasto, la popular fuente del niño orinando, o un anuncio de Interceramic, me reprochaba por no haber entrado al baño. Recordé un viejo dicho que decía “quien vaya al DF y no orine en un Sanborns, no fue al DF”.
Maldije al cinturón, maldije al primer, al segundo y al tercer botón, luego, bueno…
Me probé la camisa de rayas, la de rayitas y la de rayotas. Intenté con la de cuadros y luego con la azul chiclamino que me regaló mi tía un mes después de mi cumpleaños. Al final, recordé que la fiesta era en casa de la Jenny, y elegí una camisa negra.
Al llegar a la casa, toqué la puerta y La Jenny abrió, vestida como Lady Gaga. Hurgué mentalemente y no encontré la palabra disfraces en el mensaje de texto. Todo tuvo sentido al ver a su novio, a quien describiría como el hijo que Hugh Hefner, tendría con Amy Winehouse, no sé por qué, pero eso vino a mi mente.
Como no sentí ganas de sonreir, les pelé los dientes y entré. Imaginé que sería el tipo de fiesta en la que en algún punto, vería a Marylin Manson, cargando a la gallina de los huevos de oro. Analicé la zona y afortunadamente, el resto de la población lucía, hasta donde la palabra lo permite, “normal”.
Me preparé mentalmente para la primera fase de la fiesta, la de reconocimiento. Avancé un poco, sonriendo y haciendo la cara de pendejos que hacemos cuando no conocemos a nadie y que pensamos que nos vuelve amigables. Luego me encontré a mi amigo Ramiro, quien siempre había dicho que su nombre era muy original, hasta que supo que uno de los hueyes de Bronco se llamaba así y empezó a decir que era de naco. Ramiro me caía bien.
Fuimos a la cocina a servirnos una cuba. Al llegar ví que El Brayan, hermano de La Jenny, estaba ahí. Sus jeans baggy, sus flip flops Quick Silver, su playera Ed Hardy que parecía ser de su hermanito y su gorra Von Dutch sobre su cabello inmerso en una espesa capa de gel me irritaban. El Brayan me caía mal.
Luego pensé que era su casa y le sonreí levantando la mano. Él me hizo una especie de saludo militar que lo hizo lucir aún más estúpido. Escuché lo que estaba platicando con dos hueyes y casi me dio una embolia cuando lo oí decirles “yo lo que quiero, es la Aifon” juro que así dijo “La Aifon”.
Ramiro notó mi cara de estreñido y se apuró con el proceso hielo, ron, soda, coca. Luego con toda la clase del mundo, agarró un puño de cacahuates y salió de la cocina. Yo agarré un Sabritón y lo seguí.
Cuando llegamos a la sala, ví a la novia de Ramiro, Cristal. Ella decía que su nombre también era muy original, pero Ramiro y yo decíamos que era de teibolera. Ella se levantó y me saludó, según yo, ya medio entrada en copas. Cristal me caía bien.
Junto a ella, estaba un tipo, pegándole a la mesita como si fuera un bongo. Junto a él, había un Red Bull, pensé que sería su sexto. Luego estaban dos chicas, una guapa y otra no tanto, Cristal me presentó, “Triny, Aby, él es mi amigo Crisantemo” y añadió “es soltero”. A mí me dio mucho gusto escuchar su estúpido comentario. Luego el tipo que le pegaba a la mesa me distrajo cuando dijo “ah, qué chido nombre”, luego me preguntó medio temblando “¿no quieres un Res Bull?” así dijo “Res Bull”, le dije que no y volví mi atención hacia Triny. O Aby, realmente no supe quién era quién, a mí me había gustado la morena.
Me senté entre ella y el tipo ese que se veía que estaba como a 10 minutos de sufrir un ataque de ansiedad. Él empezó a mover la pierna como si estuviera operando una de esas máquinas de coser que se tiene que pedalear. Cinco minutos después, me cambié de lugar.
Tres horas más tarde, me descubrí platicando con la morena deshinibidamente. Tal vez demasiado cerca, porque ya se hacía evidente que antes de venir a la fiesta, se había comido unos tacos al pastor y al menos, media orden de cebollitas. Fue entonces cuando supe que ya estaba en la segunda fase de la fiesta. Esta fase me gustaba, casi siempre.
Platicamos sobre el derrame de petróleo en el Golfo; luego sobre una película que estaba en el cine; hablamos sobre música y me dijo que se dedicaba a... la verdad no me acordaba bien, pero era algo en una oficina.
Cuando estabamos empezando a platicar sobre algo de Avon o Tupperware, no recuerdo, la amiga de la morena se acercó con unos caballitos llenos de un tequila que olía como acetona. Brindamos y nos los tomamos. Entonces me dijo que me parecía a un amigo suyo que se llamaba, Jorge o Javier o algo así.
Luego noté que platicábamos sobre política y religión y descubrí que la fase tres estaba empezando. La amiga dijo una broma que mi hizo reír muchísimo. Sólo me acuerdo que las palabras “Peje”, “pendejo” y “anfetamina” estaban en repetidas ocasiones. La amiga de la morena me caía bien.
Luego, nos tomamos otro caballito de acetona reposado. De pronto desperté en una cama que jamás había visto en mi vida, con un dolor de cabeza igual de desconocido. Fui al baño y me lavé la cara, bueno, me eché agua. Me enjuagué la boca y noté que tenía la lengua azul. Traía una playera blanca con algo escrito, decía “Para mi amigo Crisantemo. Eres un Tesoro. L.L.” Busqué en mi bolsillo y encontré un billete que decía “Banco Central de la República Argentina”, era de 10.
Revisé mi cartera y me alivié al ver que mis dos tarjetas estaban ahí, sin ningún voucher de “EL CHANGUITO PIDIENDO PAN Men’s Club” o algo así. Luego me aterrorizó una imagen, traía un anillo puesto. Decidí que era tiempo de pedir respuestas y aspirinas. Salí del baño para preguntarle a la morena que había pasado, pero al levantar la cobija, era la güera quien estaba dormida. Descubrí que la fase tres había sido brutal y atacado súbitamente, me senté en la orilla de la cama y maldije poquito.
Moví la cama para despertarla y cuando lo logré me dijo “Buenos días Cuchimino”, así dijo. El dolor de cabeza se hizo más agudo y sólo pude pensar en un Res Bull.
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viernes, 9 de julio de 2010
5. El freak, el geek, la doña, la guapa y yo.
Conforme avanzaba hacia las revistas, la horrible melodía de Maná se iba desvaneciendo, pero la enorme gama de aromas que generaba el área de perfumería, volvía el lugar igual de desagradable. “Yves Saint Laurent Pour Homme?” me preguntó uno de los empleados, en un francés tan mediocre que lo hizo sonar como alemán. “No gracias” le contesté. Entonces él, con su impecable calidad de servicio me dijo “es gratis”. Eso me dio mucha alegría, porque yo pensaba que tendría que pagar unos cuantos pesos por dejarlo rociarme con su melosa escencia. Le dije “ya sé”, y seguí mi camino.
Al llegar a mi área destino, escaneé las diversas opciones y por alguna razón, las revistas de cocina fueron las que llamaron mi atención. Tal vez tenía hambre y tuve la torpe idea de que ver fotos de comida calmarían mi apetito. Tomé una llamada “Cocinero feliz”, no porque sintiera que era la más varonil, sino porque leí en la portada, “Haga sus propios gnocci”, yo siempre había querido aprender a hacerlos, así que encontre el artículo invitador.
Abrí la revista y encontré unas 20 páginas de publicidad en las que pastillas para adelgazar y Slim Center me parecieron una burla en una revista de cocina. Finalmente llegé al índice y encontré el artículo deseado. Mientras buscaba la página, levanté la vista un par de veces y me encontré con una segregación tan marcada, que tuve que analizar a fondo.
Primero, estaba un tipo medio gordo leyendo Maxim o una de esas revistas que gritan “SEXO” en la portada. Lucía nervioso, como adolescente viendo su primera revista porno, incluso sudaba un poco y volteaba a ver hacia todos lados como si su mamá anduviera cerca. Luego regresaba a la revista y como que pelaba los dientes cada que cambiaba de página. La escena era tan incómoda como perturbadora.
Luego estaba un ñoño tan flaco y alto, que se movía como nardo con el viento. Él estaba viendo una revista de tecnología que no alcancé a ver el nombre, pero seguro era algo como “Modern geek”. Este tipo estaba haciendo exactamente lo mismo que el gordo pervertido, pero en lugar de la combinación pierna-pompa-chichi, lo hacía con gadget-compu-Xbox.
Junto al geek había una doña, leyendo algo en “Vanidades” que seguramente encajaba perfectamente con su realidad porque cada 2 segundos, asentía y sonreía, dejando ver una gran mancha de lapiz labial barato en sus dientes.
Al final estaba una chica muy guapa pero igual o más flaca que el geek. Estaba tan flaca, que estuve tentado a darle mi revista para ver si le daba hambre. Ella leía “Cosmopolitan” era una “chica Cosmo”. Medio me asomé para ver lo que leía y supuse que era un test porque había varias preguntas con opción múltiple y como que tomaba notas en un teléfono tan grande, que apenas le cabía en la mano. Siempre había creído que esos tests eran tan ridículos como los horóscopos pero luego recordé que tal vez pensaba eso ya que los Leo, solemos ser arrogantes.
Así que ahí estábamos, el freak, el geek, la doña, la guapa y yo, tomando cultura por la que elegimos no pagar. Se me anojaba una escena fascinante. Miré alrededor como el freak, me emocioné al encontrar la receta como el geek al ver el nuevo iPhone, asentí sonriendo como la doña y me preparé para tomar nota como la guapa, pero en lugar de usar mi teléfono, saqué un papelito y una pluma.
Escribí “Gnocci” y una sombra cubrió mi papelito avisándome que alguien estaba frente a mí. Al levantar la vista, me topé con un policía. Su uniforme lucía impecable pero evidentemente ajustado. Lo miré de frente y sonreí, él, más serio que el cáncer me miró y luego volteó a ver la revista, el papelito y la pluma. Me dijo “es mi deber hacerlo sabedor que está prohibido tomar nota de las revistas”. Me encantó el swing que le daba la palabra "sabedor" a su observación.
Le mostré la más hipócrita de mis sonrisas, cerré la revista y fui hacia donde había un hombrecillo con un saco que fluctuaba entre el del Tío Gamboín y los hueyes esos que vendían afores en Santander. Miré hacia atrás y el guardia me seguía con la vista así que tuve que abordar al hombre-afore.
Le pregunté si tenía el nuevo número de Kalimán, él lo pensó un momento y luego me dijo, “no, pero tenemos la nueva Rolin Estón” así dijo “Rolin Estón”. A mí me sorprendió tanto su respuesta, que tuve que analizar un momento si había alguna relación entre mi pregunta y lo que me contestó o si simplemente era una respuesta estúpida. Cinco seguntos más tarde concluí, era estúpida.<
Le dí las gracias y me fui hacia el otro lado de la tienda. El guardia ahora coqueteaba con la guapa, ella sólo miraba los botones del uniforme como temiendo que en cualquier momento, uno la golpearía.
Me metí como E.T. entre los peluches y continué anotando la receta. Alguien se aclaró la garganta, haciéndome voltear para encontrarme de nuevo al guardia quien ahora tenía la mano extendida, invitándome a entregarle la revista. Le pregunté “quién es usted, el guardián de las revistas?”, y él me mostró orgulloso su placa que decía “Guardián. Libros y revistas”. Le entregué la revista y rumbo a la salida recibí un mensaje de texto que decía “fiesta en casa de La Jenny” así lo escribieron, “La Jenny”. Unas cubitas me parecieron buena idea, revisé la hora y pensé que era tiempo de ir a casa a cambiarme para el chancloteo.
Al llegar a mi área destino, escaneé las diversas opciones y por alguna razón, las revistas de cocina fueron las que llamaron mi atención. Tal vez tenía hambre y tuve la torpe idea de que ver fotos de comida calmarían mi apetito. Tomé una llamada “Cocinero feliz”, no porque sintiera que era la más varonil, sino porque leí en la portada, “Haga sus propios gnocci”, yo siempre había querido aprender a hacerlos, así que encontre el artículo invitador.
Abrí la revista y encontré unas 20 páginas de publicidad en las que pastillas para adelgazar y Slim Center me parecieron una burla en una revista de cocina. Finalmente llegé al índice y encontré el artículo deseado. Mientras buscaba la página, levanté la vista un par de veces y me encontré con una segregación tan marcada, que tuve que analizar a fondo.
Primero, estaba un tipo medio gordo leyendo Maxim o una de esas revistas que gritan “SEXO” en la portada. Lucía nervioso, como adolescente viendo su primera revista porno, incluso sudaba un poco y volteaba a ver hacia todos lados como si su mamá anduviera cerca. Luego regresaba a la revista y como que pelaba los dientes cada que cambiaba de página. La escena era tan incómoda como perturbadora.
Luego estaba un ñoño tan flaco y alto, que se movía como nardo con el viento. Él estaba viendo una revista de tecnología que no alcancé a ver el nombre, pero seguro era algo como “Modern geek”. Este tipo estaba haciendo exactamente lo mismo que el gordo pervertido, pero en lugar de la combinación pierna-pompa-chichi, lo hacía con gadget-compu-Xbox.
Junto al geek había una doña, leyendo algo en “Vanidades” que seguramente encajaba perfectamente con su realidad porque cada 2 segundos, asentía y sonreía, dejando ver una gran mancha de lapiz labial barato en sus dientes.
Al final estaba una chica muy guapa pero igual o más flaca que el geek. Estaba tan flaca, que estuve tentado a darle mi revista para ver si le daba hambre. Ella leía “Cosmopolitan” era una “chica Cosmo”. Medio me asomé para ver lo que leía y supuse que era un test porque había varias preguntas con opción múltiple y como que tomaba notas en un teléfono tan grande, que apenas le cabía en la mano. Siempre había creído que esos tests eran tan ridículos como los horóscopos pero luego recordé que tal vez pensaba eso ya que los Leo, solemos ser arrogantes.
Así que ahí estábamos, el freak, el geek, la doña, la guapa y yo, tomando cultura por la que elegimos no pagar. Se me anojaba una escena fascinante. Miré alrededor como el freak, me emocioné al encontrar la receta como el geek al ver el nuevo iPhone, asentí sonriendo como la doña y me preparé para tomar nota como la guapa, pero en lugar de usar mi teléfono, saqué un papelito y una pluma.
Escribí “Gnocci” y una sombra cubrió mi papelito avisándome que alguien estaba frente a mí. Al levantar la vista, me topé con un policía. Su uniforme lucía impecable pero evidentemente ajustado. Lo miré de frente y sonreí, él, más serio que el cáncer me miró y luego volteó a ver la revista, el papelito y la pluma. Me dijo “es mi deber hacerlo sabedor que está prohibido tomar nota de las revistas”. Me encantó el swing que le daba la palabra "sabedor" a su observación.
Le mostré la más hipócrita de mis sonrisas, cerré la revista y fui hacia donde había un hombrecillo con un saco que fluctuaba entre el del Tío Gamboín y los hueyes esos que vendían afores en Santander. Miré hacia atrás y el guardia me seguía con la vista así que tuve que abordar al hombre-afore.
Le pregunté si tenía el nuevo número de Kalimán, él lo pensó un momento y luego me dijo, “no, pero tenemos la nueva Rolin Estón” así dijo “Rolin Estón”. A mí me sorprendió tanto su respuesta, que tuve que analizar un momento si había alguna relación entre mi pregunta y lo que me contestó o si simplemente era una respuesta estúpida. Cinco seguntos más tarde concluí, era estúpida.<
Le dí las gracias y me fui hacia el otro lado de la tienda. El guardia ahora coqueteaba con la guapa, ella sólo miraba los botones del uniforme como temiendo que en cualquier momento, uno la golpearía.
Me metí como E.T. entre los peluches y continué anotando la receta. Alguien se aclaró la garganta, haciéndome voltear para encontrarme de nuevo al guardia quien ahora tenía la mano extendida, invitándome a entregarle la revista. Le pregunté “quién es usted, el guardián de las revistas?”, y él me mostró orgulloso su placa que decía “Guardián. Libros y revistas”. Le entregué la revista y rumbo a la salida recibí un mensaje de texto que decía “fiesta en casa de La Jenny” así lo escribieron, “La Jenny”. Unas cubitas me parecieron buena idea, revisé la hora y pensé que era tiempo de ir a casa a cambiarme para el chancloteo.
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