miércoles, 30 de mayo de 2012
14. PRACTER & RAMBLE. VOL. 1
Miré la hora y concluí que tenía cerca de 45 segundos para decidir qué hacer y 4.7 minutos para llevar a cabo mi plan, cualquiera que fuera. Me podía enfrentar al latente peligro que simbolizaban Samantha y su maestría en artes marciales o llegar tarde a mi entrevista. En cuanto la segunda opción cruzó por mi cabeza, supe que necesitaba ser puntual si quería que me contrataran. Consideré tomar un taxi, pero era hora pico y resultaba incierto saber qué tan rápido encontraría uno. Samantha en su PejeMóvil eran la única opción de transporte.
Decidí darle la vuelta al edificio de enfrente y entrar por el otro lado del auto para al menos, intentar evadir a la güera. Corrí como si Fehr de Maná me estuviera persiguiendo para darme un beso. Al llegar al otro lado, descubrí que mi condición física estaba en un estado deplorable y que la güera ya no estaba ahí. Miré hacia el otro lado y la vi caminando hacia la entrada de mi edificio, lo cual me pareció muy raro, pero supuse que alguien de los que estaban en la fiesta le había dado mi dirección. Decidí que en la tarde investigaría quién había sido, para mentarle la madre.
Abrí la puerta de la camioneta y Tacho cayó al suelo. El huey se estaba quedando dormido recargado sobre la puerta suponiendo que yo entraría de mi lado. Se levantó dejando una marabunta de servilletas manchadas de rojo chipotle y sobándose la cabeza. Fingí que me sentía fatal por haberlo hecho caer, y le prometí que le compraría un kilo de pistaches como disculpa. Tacho sonrió y desgraciadamente volvimos a ser amigos. Se subió al auto y lo seguí para encontrar a Samantha y Tacha riendo sin parar por el incidente. Cuando lograron contener la risa, Samantha me pidió direcciones y le pedí que diera la vuelta en la primera calle y luego fuera todo derecho.
Luego de los 20 minutos del silencio más incómodo en el que había estado en mi vida, Tacha me preguntó “y de dónde conoces a Trinidad?” puse la cara que hago cuando me preguntan algo sobre matemáticas y le pregunté “a ¿quién?”, “a Trinidad, Triny”. Me dio gusto finalmente saber que era Triny y miedo suponer que mi pasado estaba expuesto. No sabía hasta donde sabían la verdad, ni qué tanto podría extender una mentira, así que le dije que la había conocido por el amigo de unos amigos. Tacha sólo dijo “ahhh” y volvió la vista hacia el frente. Yo no estaba dispuesto a aceptar que eso había sido todo, así que mi estúpida curiosidad y yo decidimos indagar un poco y preguntarle, ella de dónde la conocía. Sentí escalofríos, piel de gallina, vello erizado y una gota de sudor frío corriendo por mi espalda cuando me dijo “es la esposa de mi otro hermano”, todo al mismo tiempo. No supe en qué momento me había vuelto el blanco de las bromas de la vida, pero era claro que quien fuera que estuviera escribiendo mi historia, se estaba divirtiendo. No supe qué era más pequeño, si el mundo o mi suerte. Maldije mentalmente 17 veces y le dije “ahhhh”.
Finalmente llegamos cerca del lugar y le pedí a Samantha que me dejara ahí. Al bajar del auto me dio un papelito que me hizo sentir que había vuelto a la secundaria. Tacho y Tacha me miraron sonriendo y les sonreí de vuelta. Luego de dos pasos Tacha me llamó y regresé al auto. Me dijo que el próximo fin de semana iba a haber una reunión en casa de su hermano a quien se refirió como “El Terminator”. “Me encantaría ir” mentí, y Samantha empeoró la situación al decirme que podíamos ir juntos. Le dije un nervioso “claro” y me disculpé pues tenía que ir a mi entrevista y luego a saltar de un puente, lo último sólo lo pensé, muy seriamente.
Durante los 3.7 minutos que me tomó caminar hasta el sitio de la entrevista, analicé mi situación y pude ver un desagradable futuro. Abrí el papelito que Samantha me dio y leí “Más te vale que me llames” y su teléfono. Supuse que eso no era tan grave, pues por encima de todo, sentía una gran atracción física hacia ella y lo que ocurrió la noche anterior había sido antes de conocerla. El mayor problema se había surgido el día en que la vida había puesto un lazo entre Triny, Tacha y Samantha. Ésta era una prueba más de que mi suerte era menos que nula y que tal vez era hora de perder toda esperanza de que algún día eso cambiaría. Pero además de mala fortuna y desagradables coincidencias, la gravedad real de la situación era que la pinche Triny compartió muchas cosas conmigo, excepto su estado civil. Ese era un serio problema, que debía resolver antes de volver a ver a Samantha y lo peor de todo era que para evitar generar sospechas, las probabilidades de que tuviera que ir a la comida del Terminator eran muchas. Y por qué tenía que ser un huey al que le decían así, si fuera un Gasparín o Mimoso, no habría tanto problema, pero Terminator era sinónimo de aniquilación. Me pude ver llegando a la fiesta, conociéndolo y diciéndole, “mucho gusto Sr. Terminator, su casa está muy linda y su esposa da los mejores besos”, luego sólo dolor, sangre y posible parálisis, de la cintura para abajo en el mejor de los casos.
Debía haber una forma de salir de ese problema, además de mudarme a Mozambique y estaba dispuesto a hallarla. Decidí concentrarme en el futuro cercano y me apresuré para llegar a tiempo a mi cita. Busqué el número 1122 suponiendo que estaría entre el 1120 y el 1124, pero para mi sorpresa, encontré que el 1122 era una casa de cambio. Miré alrededor, pero todo lo que había eran fondas, papelerías y demás comercios baratos. Entré a la casa de cambio y le pregunté a un hombre que estaba detrás de un cristal tan grueso que lo hacía verse distorsionado. Me pidió el papel donde tenía anotada la dirección. Lo leyó, se empezó a reír y me dijo “ya sé lo que pasó, usted quiere ir al 112-2, Practer & Ramble” así dijo “Practer & Ramble” y luego me dijo que pasaba todo el tiempo y me sugirió tomar el metro. Le di las gracias por su sugerencia y por reírse de mí y corrí hacia el metro. Al entrar descubrí que la fila para los boletos era más larga que la cuaresma y hurgué en mi cartera para encontrar un boleto tan viejo y desgastado, que necesitó 7 intentos y varias quejas de los que estaban atrás de mí, antes de que el policía que estaba haciendo menos que nada, me dejara entrar por el acceso lateral.
Dos estaciones y 178 escalones más tarde, salí a la calle y corrí hacia el 112-2. Al encontrar el número me topé con un edificio que prometía menos que una película en el Canal de las Estrellas pero opté por no hacer prejuicios. Me arreglé un poco el cabello en el espejo exterior y caminé hacia una puerta giratoria que tenía un letrero que decía “Haga giración para entrar”, así decía “giración”. Agradecí que alguien con el coeficiente intelectual de una engrapadora hubiera puesto instrucciones e hice giración para entrar. El lobby del edificio estaba plagado de posters con fotos de productos varios. Fuera de eso, sólo había un escritorio y un huey vestido de policía. Le pregunté si estaba en el lugar correcto y si tenía que registrarme y me dijo que sólo si venía a ver al Sr. Lasaña. Supuse que quiso decir LaSalvia o La Salle. También me dio hambre. Al saber que venía a una entrevista me pidió que subiera al piso después del doce. Camino al elevador, traté de entender por qué me había dicho así y sólo pude pensar en superstición. Al menos sabía a donde debía enviarme lo que me hizo suponer que me estaban esperando.
Al llegar al piso después del doce, supe que…
lunes, 27 de febrero de 2012
13. PISTACHES

Abrí los ojos y una imagen borrosa tomó foco para descubrir a Samantha sentada en una silla mirándome. Sonreía, se veía hermosa. Tenía una taza en la mano. Me dijo buenos días y puso la taza frente a mí. Me incorporé y la tomé, al darle un trago, descubrí que era café, el más frío que había probado en mi vida. Me dijo que lo había preparado hacía rato, pero no quiso despertarme y esperó a que me despertara solo, lo cual me hizo sentir aún más incómodo. Le pregunté la hora y me dijo que eran las 8 y cacho. Mi entrevista era a las 10 y yo no pensaba ir con mi playera de Disco Beach. Tenía que ir a casa a bañarme y ponerme algo decente. Le pregunté por mi playera y me dijo que la había lavado y estaba en la secadora. Eso me pareció un detalle maravilloso hasta que vi que la había lavado junto a su ropa de color y ahora tenía un tono rosáceo muy poco varonil. Descubrí que la única forma de hacer una playera de Disco Beach más ñera, era tiñéndola rosa. Le dí las gracias para evitar que me aniquilara con los chacos que estaban sobre la pared y le dije que tenía que irme. Me dijo que con mucho gusto me daría un raite, así dijo “raite” y como era tarde, tuve que acceder. Me puse mi playera rosa, me dirigí hacia la puerta y me pidió que esperara un momento pues el desayuno estaba casi listo. De pronto Samantha, la tentadora mujer, había mostrado un lado que me encantaba, lavó mi playera, con catastróficos resultados, pero la intención contaba. Y ahora el desayuno, mostraba su lado sensible, al menos hasta que escuche el “Ting” del tostador y me dijo que podíamos compartir la Pop Tart. Samantha había preparado una Pop Tart y la mitad me pertenecía. Yo tenía tanta hambre, que me supo a una Pop Tart completa.
Salimos a la calle y vi toda una gama de autos estacionados tan desastrosamente que supuse que el valet parking tenía 8 años. Seguí a Samantha, estando seguro que su auto era de Mary Kay y yo iba a llegar a mi entrevista en un carro que parecía estar cubierto de Pepto Bismol. Para mi sorpresa, Samantha tenía una Cherokee, no de las nuevas, pero en muy buen estado. Justo antes de subirme, tuve que volver al frente porque algo había atraído mi atención. Algo que estaba fuera de lugar. Al analizarlo, descubrí que la pinche Samantha había movido las letras de la moldura y su Cherokee en lugar de decir “Jeep”, decía “peJe”. Luego de superar la náusea, fui a ver la parte de atrás para descubrir una estampa con la bandera del PRD, otra que decía perredista a bordo y una más en la parte superior izquierda que decía “De aquí somos”, esa última me pareció creativa y aberrante en iguales proporciones. Mi corazón y yo intentamos convencer al razonamiento que por ninguna razón subiríamos al Pejemóvil, pero la estúpida razón pudo más y segundos después, me descubrí abrochándome el cinturón de seguridad. Samantha me sonrió y encendió el Pejemóvil. Luego me pidió que le pasara un papel que estaba en la “cajuelita de guantes” así dijo “cajuelita de guantes”. Abrí la cajuelita de guantes y encontré tres cosas, la tarjeta de circulación, la póliza del seguro y un papel que decía P-Parado, R-Reversa, N-Nada, D-Derecho, 1 y 2. Supuse que ese era el papel que me había pedido y se lo pasé. La observé revisándolo y entonces caí en cuenta que era su acordeón sobre las velocidades. Le pregunté si sabía manejar y me dijo que todavía le costaba trabajo pero ya tenía casi un mes de experiencia. Comprobé que mi cinturón estuviera bien ajustado, maldije un par de veces por no haber traído un rosario conmigo y sonreí nervioso.
Samantha manipuló la palanca, miró hacia atrás y avanzó hacia delante. Se detuvo un momento y volvió a revisar su esquema, cambió la palanca a “Derecho”, avanzó 5 metros y se detuvo de nuevo. Yo le dí 10 segundos para explicar su comportamiento. Finalmente me dijo que tenía que llevar también a su amigo Tacho y su hermana, Tacha. Luego de una incómoda sesión de cláxon, los Tachos salieron y Tacha abrió mi puerta. Me pidió que la dejara ir adelante pues atrás se mareaba. Yo brinqué al asiento de atrás, pues tenía tanta prisa que con tal de partir, me hubiera ido en el toldo comiendo Chetos, si eso me hubiera pedido.
Ya en camino, Tacha se sentó de lado y empezó a interrogarme, “cómo te llamas?, a qué te dedicas?, cuál es tu color favorito? Qué comida te gusta? Sabes dónde puedo comprar jabón Jardines de California? Cuál Passat crees que es mejor, el 2003 o el 2004?” cerré los ojos, implorando que al abrirlos, despertara en mi cama, en soledad. Sin embargo al abrirlos, ahí estaban Tacha y su majestuoso escote, el cual me costaba tanto dejar de mirar, sobre todo ante la inquisitiva mirada de Samantha en el espejo retrovisor. La imaginé dándose la vuelta y sometiéndome con sus mejores golpes de Jiujitsu mientras seguía manejando con el dedo meñique del pie.
Decidí mirar a Tacho y ambos sonreímos. Luego me preguntó si ya había ido a la nueva tienda de pistaches que acababan de abrir en Eje Central. Le dije que no. Entonces empezó a explicarme las bondades del pistache y sus múltiples usos. Hablaba con tal entusiasmo de los pistaches, que me causó cierta simpatía. Luego de hablar 20 minutos seguidos sobre pistaches, lo único quería era esperar a que tomáramos una velocidad decente para luego abrir la puerta y lanzarlo fuera del auto. Me recordó al personaje ese de Forest Gump que sólo hablaba de camarones. “Ensalada de pistaches, helado de pistache, pistaches con chile, pistaches a la veracruzana”, el tipo era el Bubba de los pistaches.
Tacho me dijo que tenía tienda de pistaches, llamada
“Pis-Tacho” y justificó su inmersión en el negocio debido a su nombre. Cuando le dije que tenía sentido, pues Tacho y Pistacho iban de la mano. Me dijo que no era por su apodo, sino por su nombre, Arturo Morelos. Al escuchar eso, mi cerebro dejó de cumplir todas sus funciones vitales, en busca de una relación entre los pistaches y el nombre Arturo Morelos. Finalmente, justo antes de que se cayera el sistema en el hemisferio izquierdo de mi cerebro, Tacho me explicó que ese era el nombre del huey que actuaba como Pistachón Zigzag en Burbujas. Luego dijo, que si eso no era destino, no sabía lo que era. Miré a Tacha y Samantha con la esperanza de que le dijeran que lo que acababa de decir era una reverenda estupidez, pero Tacha sólo asentía, como reconociendo el milagro que los mortales llamamos coincidencia, y Samantha revisaba su acordeón de manejo. Entonces me acordé que alguna vez había escuchado que el actor que hacía de A.G. Memelovski había muerto infectado de Sida. Eso me había impactado mucho, era como escuchar que el Tío Gamboín o había muerto de una sobredosis de crack y que una prostituta ucraniana había sido quien llamó a la policía, alegando que las otras 7 chicas habían huido al ver el cuerpo. Luego lo busqué en Google y supe que había muerto por un paro cardíaco.
Justo cuando pensé que Tacho había dejado el tema de los pistaches atrás, empezó a platicarme que antes de iniciarse en la competitiva industria pistachera, había tomado varios cursos sobre administración y un taller llamado “El Pistache y Yo” en el que había aprendido entre otras cosas, cómo pelar 50 pistaches en un minuto y qué hacer en caso de asfixia por pistache. Comencé a cerrar mi puño con la firme convicción de causarle daño físico la próxima vez que dijera pistache, sin embargo, como parte de su biografía narrada, me dijo que a pesar de ser feliz con su trabajo, él siempre había querido ser domador de serpientes. Para ese entonces, yo estaba dispuesto a pagarle sus lecciones para domar serpientes con la esperanza de que en su primer ejercicio fuera mordido por una mamba negra, inyectándole 100 mg de dendrotoxina que paralizarían sus músculos respiratorios y haciendo que dijera por última vez, pis… ta… ch.
De pronto Samantha se detuvo frente a una tienda enorme y Tacho brincó fuera del auto. Samantha me dijo que Tacho tenía que surtir sus pistaches ese día y por eso había pasado por él. Tacha y su escote sólo asentían. Justo cuando estaba por decir, “ojalá que no se tarde”, Tacho salió de la tienda empujando una caja enorme sobre un carrito de súper. Le hizo una seña como de béisbol a Samantha y ella abrió la cajuela. Tacho intentó por 7 minutos, convencer a la caja de pistaches que la ley de que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio era falsa. Cuando finalmente aceptó que la caja no cabía en la cajuela, decidió regresarla a la tienda.
Luego de una espera considerable, le pregunté a Samantha si debíamos ir en busca de Tacho, pues se me hacía tarde para mi entrevista. Tacha me pidió ser paciente y me dijo que a veces las devoluciones tardan. 5 minutos más tarde Tacho regresó al auto con una torta cubana del tamaño de su cabeza. Me ofreció una mordida, pero lo detestaba tanto, que no estaba dispuesto a recibirle ni un pistache. Le dije que se veía muy rica pero que acababa de comerme media pop tart y estaba satisfecho.
Tacho comía su tortota sin piedad y cada 3 mordidas, inhalaba sus mocos, como un niño quien llora inconsolable y decía “está bien picosa”, 3 mordidas, mocos, “está bien picosa”, 3 mordidas, mocos “está bien picosa”. Entonces empecé a considerar que acababa de conocer a la persona más desagradable del mundo, pero luego me acordé del huey de Maná y Tacho recuperó su forma humana.
Finalmente llegamos a mi edificio y le pedí a Samantha que me esperara, pues si no me llevaba, no llegaría a mi entrevista. Prefería llegar en le Pejemóvil, que llegar tarde. Me dijo que sí y subí corriendo.
Fui al baño, tomé una ducha, me vestí, peiné y me comí un taco de queso. Todo en 10 minutos. Bajé corriendo con la esperanza de que la policía hubiera arrestado a Tacho por ser tan pendejo, pero para mi sorpresa aún estaba ahí, comiéndose le último bocado de su torta gigante. Tacha estaba parada afuera del auto platicando con una chica que me pareció familiar. Cuando la vi detenidamente mi corazón se detuvo, era Aby. O Triny.
lunes, 6 de febrero de 2012
12. UN BILLETE EN EL RETRETE.

Bajamos las escaleras y los tipos esos seguían ahí sentados. Ahora había dos chicas con ellos. Una de ellas se levantó cuando estábamos por pasar y saludó a Samantha. Luego nos preguntó si habíamos visto su licuadora. Samantha le dijo que no y luego me volteó a ver como esperando a ver si yo la había visto. Le dije que no. Entonces hizo un ruido como que iba a empezar a llorar y un segundo después nos preguntó si queríamos ver un truco de magia de Kitty la Magnífica. No pudimos resistirnos y le dijimos que sí. Kitty la Magnífica puso su mano izquierda frente a nosotros, tomó su dedo índice con la otra mano y lo dobló casi por completo hacia atrás. Yo me volteé y tuve una inmediata sensación de que vomitar sería inminente. Samantha por su parte, se fascinó con los poderes de Kitty y hasta le pidió que lo hiciera de nuevo. Jalé a Samantha y justo antes de salir, Kitty la Magnífica nos preguntó “¿Cómo van a hacer su pagación?”, así dijo “pagación”, primero no entendí, pero luego supuse que quería dinero por su truco de magia. Le di cinco pesos y me dijo que eran diez porque lo había hecho dos veces. Le di los otros cinco y le pedí que si por alguna de esas horribles coincidencias del destino, volvía a verla, no hiciera el truco de magia. Ella creyó que era broma, se rió y luego, como un mal chiste de la vida, me dio un abrazo. Ipso facto, uno de los fulanos se levantó y me dijo “¿qué te traes con mi pompi compa?,” le dije que sólo eramos amigos y Él también quiso ser mi amigo, 5 minutos después, ya todos los tipos me habían abrazado y querían que le diera un beso a la otra chica. Incluso uno de ellos como que estaba organizando que jugáramos botella con ellos. Les dije que era una oferta muy tentadora, pero que ya teníamos planes. Nos despedimos de nuestros nuevos amigos y salimos para descubrir que ya era de noche.
Samantha me dijo que acababa de aprenderse un atajo y me guió por un par de callejones obscuros en los que vimos varios grupos de tipos. La mayoría le chiflaban a Samantha. Ella lo encontraba divertido, pero para mí resultaba tan peligroso como una bicicleta sin asiento. Finalmente llegamos a una avenida grande y me dijo que estábamos cerca. Yo le di gracias a Dios seis veces.
Nos detuvimos frente a un edificio que no se veía del todo mal. Abrió su bolsa y empezó a buscar sus llaves, lo cual le tomó al menos un par de minutos. Durante el proceso, me pidió que le detuviera una cartera, una botella con agua, un paquete de chicles, un chocolate Carlos V y lo que me pareció más extraño, una cinta canela. Cuando logró encontrar las llaves, abrió la puerta y entramos a lo que podría considerarse una jungla urbana. Ficus, bugambilias y helechos hacían casi imposible pasar por el estrecho patio que llevaba hacia las escaleras. Al entrar a su departamento, me topé con un intenso color dorado distribuido por toda la sala. Al menos 20 trofeos hacían lucir el lugar como vitrina de escuela. Samantha corrió al baño y yo me acerqué a los trofeos para analizarlos. Primero pensé que eran de futbol, porque el muñequito estaba pateando algo. Luego vi otros que me dejaron claro que eran de karate. Escaneé la zona con mayor detenimiento y descubrí que el lugar era como un dojo de karate. Había cintas, chacos, bambú, posters con tipografía oriental y un cuadro con cinco estrellas ninja, me fascinó el pensar como era posible que tanta gente supiera lo que era un estrella ninja. Todo esto me empezó a poner nervioso, pero supuse que tal vez eran de cuando era niña y les tenía especial afecto. Al voltear hacia el otro lado descubrí que no era así. Colgadas sobre la pared había seis fotografías de Samantha infringiendo dolor en sus adversarios. Una séptima imagen que estaba un portarretratos sobre el librero mostraba a Samantha rompiendo un ladrillo con el puño. Mi cabeza empezó a dar vueltas, en qué clase de problema acababa de meterme. Me sumergí en mis pensamientos, pensé en huir pero luego la imaginé lanzándome estrellas ninja desde la ventana. Finalmente Samantha regresó del baño y me explicó que era cinta negra en tae-kwon-do, jujitsu y judo. Traté de fingir que todo estaba bien, pero no supe si en cualquiera de esas artes marciales, le habían enseñado a olfatear el miedo, así que fui honesto y traté de hacerme el chistoso diciéndole que era mejor que no la hiciera enojar. Ella me dijo muy seria, que era lo último que me recomendaba hacer. Luego se empezó a reír como loca, alzando la cabeza y roncando cada vez que jalaba aire. Yo también me empecé a reír pero era de nervios. Cuando dejó de reírse, recuperó toda su belleza. Era increíble como una risa tan horrible, podía hacer una mujer hermosa, lucir como Elba Ester Gordillo. Se acercó y me dio un beso. En ese instante, olvidé su horrible risa y que sus puños eran armas letales. Me invitó a su cuarto y no pude más que sonreír y agradecerle a la vida por ser tan generosa conmigo. Abrió la puerta del cuarto y su cama lucía impecable, tendida perfectamente, mire hacia la pared y me topé con un poster del Peje. ¿Qué clase se ser enfermo tiene un poster de ese personaje? No, ¿qué clase de ser enfermo tiene a ese huey arriba de su cama? Sentí asco. Luego Samantha se quitó la playera y los jeans. Vestía sólo su bikini. Olvidé el karate, la risa y al Peje, me acerqué y cuando estuve a punto de besarla me pidió que la esperara pues quería poner algo de música. Se acercó a una grabadora vieja y rebobinó el cassette. Yo tenía años de no ver una grabadora de cassette, pero como amante de la música en vinil, supuse que tendría algo de música interesante y difícil de conseguir en la actualidad. Presionó PLAY y regresó a donde estábamos. Me pidió que me quitara la ropa y cuando me estaba desatando las agujetas comenzó una tortura auditiva llamada “Como te deseo”. La pinche Samantha acababa de poner un cassette de Maná. Ella se emocionó con la canción y cada que empezaba el estúpido corito, cantaba “na, na, na, na, na, na, na!” y bailaba sensualmente cobijada con la voz del pendejo de Fher. Esto se estaba convirtiendo en una obscura broma de la vida. Sería karma? Había yo golpeado huérfanos y vestido mink en mi vida pasada? Samantha era hermosa y hasta donde había podido leer en su persona, tenía un buen corazón. Pero su risa, su apoyo al Peje y su pésimo gusto musical, la convertían en mi peor enemigo. Enemigo que sabía más de karate que Japón mismo. No supe que hacer, Samantha era como una col de Bruselas cubierta de chocolate. Samantha era un billete en el retrete. Tentación y repulsión. La eterna lucha entre el bien y el mal, hecha mujer. Maldije 3 veces y entonces recordé que tenía un salvoconducto. Mi entrevista. No pude resistir darle otro beso y luego le dije que con todo el dolor de mi corazón, debía irme, pues tenía una entrevista de trabajo muy temprano el día siguiente. Incluso ofrecí mostrarle el mensaje en el que me habían cambiado la fecha, para que viera que mi repentina necesidad de partir era de buena fe. Me dijo que estaba bien, pero que no me iba a dejar partir hasta que le diera una prueba de amor y se empezó a reír. Horrible. Me esperé a dejara de reírse, la miré en su perfecta capacidad de volverme loco y le dije “está bien, pero quita la música, porque me encanta escucharte reír."
jueves, 17 de noviembre de 2011
11. LA CHUPITOS.
Seguimos avanzando cada vez más rápido y 13.6 metros más tarde, la vecina y el carrito de Gual Mar yacían sobre la acera. A pesar de que el carrito estaba viejo y oxidado, lucía en mejor estado que la vecina.
Me volteó a ver y me dijo “no siento las piernas”, al escucharlo sentí que me iba a desmayar, pero al ver mi cara, se empezó a reír y me dijo que era broma. No me reí.
La ayudé a levantarse y noté que aún tenía su cerveza en la mano, lo cual me pareció muy pro en las artes etílicas.
Caminamos un poco y vimos un puesto de garnachas al que no pudimos decirle no. Me descubrí tímido al pedir sólo un pambazo, pues la vecina pidió dos, una gordita y una quesadilla de huitlacoche que terminó en una discusión que me dio hueva. Huitlacoche o cuitlacoche, chipotle o chipocle, el azúcar o la azúcar. Hueva. Cuando iba a la mitad de mi pambazo, descubrí que la vecina estaba por terminar toda su orden, supuse que su sistema consistía en no masticar, pues cada que daba una mordida, levantaba la cara, como los pájaros cuando toman agua. A la hora de pagar me volteó a ver y yo volteé a ver el cajero que estaba al lado. Cuando regresé del cajero, la Doña de las garnachas le estaba entregando un paquete a la vecina. La muy mezquina había pedido más para llevar.
Unos minutos más tarde, llegamos a un edificio horrible que se veía a punto de derrumbarse. Sobre la banqueta, noté varias manchas rojas que parecían ser sangre seca. La vecina notó mi sospecha y me dijo “es la chamoy”, así dijo “la chamoy”, sólo el hecho de hacer al chamoy femenino, me pudo distraer del hecho de cómo diablos sabía que era chamoy.
Al entrar, nos recibieron tres tipos tan elegantes que parecían franceses. Uno de ellos le dijo a la vecina “eehehhhhh” o algo así. Los hueyes estaban tan drogados que sólo emitían sonidos, curiosamente, ningún sonido incluía consonantes. Mientras pasábamos junto a ellos, creí escuchar varias erres. Un segundo más tarde, mi nariz me indicó que no eran erres.
Al tocar la puerta, nos abrió un tipo que se veía igual de sofisticado que los franceses, nos dijo “eeeh” y supuse que todos en el edificio hablaban con puras vocales. Entramos y la vecina fue a la cocina a poner sus garnachas en el refri. Yo pasé directo a la sala y luego de escanear la zona con técnica depurada, noté que faltaba un elemento clave. Al voltear para ir hacia la cocina, la puerta del baño se abrió y Samantha apareció, caminando hacia mí. Juro que iba en cámara lenta. Se acercó y me dijo “Crisanto, veniste”. Yo le dije “Eeeehe” Ella sonrió y me dijo que estaban por empezar a jugar camaleones.
Nos sentamos en la sala y ví al Pelusa en el sillón de enfrente. Me vio sentado junto a Samantha y sonrió, lo cual me trajo cierta paz. Entonces me explicaron que camaleones era como el juego ese de las películas, en el que tratas de adivinar, pero en lugar de películas, le dices a alguien un personaje y lo tienen que actuar hasta que su equipo adivina. Vimos a un mediocre Michael Jackson, una Madonna demasiado gráfica para mi gusto y un Elvis que parecía tener polio. De pronto ví al fondo, una mujer muy sucia que cargaba una botella de Don Pedro casi vacía. Tenía puesta una playera que decía “estaríamos mejor con López Obrador” que se me pareció una metáfora perfecta. Yo intenté hacerme el chistoso, la señalé y grité “La Chupitos” y empecé a reírme. Al notar que mi risa era un monólogo incómodo, miré alrededor y todos me veían como si acabara de meter al más tierno cachorro en el microondas. Samantha se acercó a mi oído y susurró “Es la Mamá del Pelusa. Es alcohólica”. Yo me sentí como si fuera la persona más horrible del mundo, después de Fher de Maná. El Pelusa se levantó y guió de regreso a su progenitora hacia el cuarto de donde había salido. Yo deseé tener una cápsula de humo para arrojarla y desaparecer. Samantha me dijo que no me preocupara, que El Pelusa era muy alivianado y que mejor lo dejara pasar. Lo pensé por un momento y decidí que tenía que disculparme con El Pelusa. En cuanto salió del cuarto, lo abordé y le dije que sentía mucho lo que había pasado y que si quería que me fuera, lo entendía perfectamente. Él me dijo que no me preocupara, que todo estaba bien entre nosotros y seguíamos siendo mejores amigos. Yo no diría que eramos mejores amigos, pero el tipo era tan cool, que empecé a considerarlo.
De pronto, un ruido muy fuerte nos invitó a la cocina. Al entrar, vimos a la vecina tirada en el piso. Un extraño líquido rojo cubría el suelo y la mesa. La primera impresión fue pensar que era sangre, pero en cuanto la vecina se medio incorporó, ví sobre el piso un frasco de salsa de tomate Barilla. Yo no podía creer que luego de la media docena de garnachas, tuviera hambre, pero ella confesó que planeaba preparase un Bloody Mary. Primero me sorprendió escucharla decirlo con un perfecto acento británico. Luego sentí un gran asco, al pensar en el Bloody Mary preparado con salsa para spaghetti. Samantha y otra chica trataron de ayudarla caminar hacia la sala, pero la vecina gritaba “ando bien, ando bien, otra caguama!”
Cuando me disponía a seguir a todos, El Pelusa me dijo “quieres ver algo increíble?” y viniendo de un hombre que parece el eslabón perdido, siempre debes responder que sí. Me llevó por un pasillo que olía a la medicina de mi Tía Conchita, que sufría de artritis. Al final había una puerta en la que había un letrero que decía, “En esta casa, no comemos tocino”. Lo leí tres veces, tratando de encontrar un mensaje oculto, y finalmente concluí que en esa casa, no comían tocino. El Pelusa me volteó a ver y me preguntó “Listo?” yo no sabía si lo estaba o no, pero mi curiosidad me roía el cerebro tan intensamente, que podía escucharla. En cuanto le dije que sí, abrió la puerta y un fétido olor me golpeó la cara, como la más intensa de las cachetadas imaginarias. El Pelusa al notar mi cara de asco me dijo, “no te preocupes, te acostumbras”, yo no estaba seguro si quería acostumbrarme. Entramos y ví cerca de 20 bolsas de galletas de animalito. De niño me encantaban, de grande descubrí que eran una basura y dejé de comerlas. Al voltear hacia donde estaba el Pelusa, lo ví cargando un puerquito. Rosa. Impecable. Digno de ser el Babe original. Pero algo estaba mal, la imagen y el aroma no eran congruentes. Le dije que no podía creer que un puerquito tan pequeño pudiera generar un olor tan fuerte, entonces me dijo que era Gertrudis quien olía. Señaló hacia la esquina de la habitación y ahí yacía Gertrudis, una marrana enorme que apenas podía moverse y bufaba como gordo en sillón luego de acabarse una cubeta de Kentucky. Los dos porcinos justificaban el letrero del tocino, pero por más que pensé y pensé, no encontré algo que justificara tener a dos puercos en un departamento.
Al llegar a la sala vimos a la vecina sobre la mesita de la sala. No supe si estaba bailando o tratando de mantenerse de pie. Para ese entonces, su sangre ya tenía más alcohol que un hospital y era inevitable pensar que las próximas tres horas, serían duras, y la mañana siguiente, una dura prueba para el frágil cuerpo humano. La vecina finalmente cedió ante la fuerza de gravedad y cayó. Todos la veían sin inmutarse, como que lo que acababa de pasar era una tradición a la que todos estaban acostumbrados. Samantha se acercó y me pidió que la ayudara a llevarla a un cuarto. Pensé que llevarla al cuarto de los puercos sería un detalle cruel y descarté esa idea. En lugar de eso, Pelusa sacó a su Mamá del cuarto y atrás de ellos salió un hombre que lucía tan mal, que hacía a la Mamá del Pelusa, parecer Scarlett Johanson. El hombre nos volteó a ver a mí y a la piltrafa humana que tenía en brazos y dijo “eeeheheh” y tosió. Le dije “eh” y me dejó entrar al cuarto. Puse a la vecina sobre lo que parecía ser una cama y pensé que tal vez, después de todo, los marranos no eran tan mala idea. Samantha se sentó en la orilla de la cama y me pidió que la esperara afuera, que saldría en 10 minutos. Me tomó de la mano, me acercó lentamente y me dio un beso. No podía creer que nuestro primer beso había sido en un entorno que olía a patchouli y con una vecina perdida en alcohol como testigo. Aún así, el beso de Samantha me pareció perfecto.
Salí del cuarto y cerré la puerta. Al voltear ví a una chica que tenía un sombrero y zapatos como de Peter Pan. Pero azules. Me dijo “pst!” y movió la cabeza como indicando que la siguiera. Luego de unos pasos, se detuvo frente a un cuadro sobre la pared. La ví raro y luego miré el cuadro. No podía creer lo que tenía frente a mí. El Pelusa tenía una primera edición de Kalimán, impecable. Entonces la chica susurró “Me dijo Ana que eres bien re fans” así dijo “bien re fans”. Le dije que sí y volví hacia el Kalimán. Entonces El Pelusa se paró junto a mí y me dijo que su Madre quería conocer al nuevo mejor amigo de su hijo. No pude más que seguirlo.
Entramos a la cocina y la Doña estaba sirviendo el último trago de la botella en un vaso imposiblemente pequeño. El Señor estaba haciéndole algo al refrigerador. Primero no supe si había visto mal, pero luego de un segundo vistazo, tuve claro lo que estaba viendo. El viejillo se estaba portando cariñoso con el refri. Volteé a ver al Pelusa y me dijo “se está rascando”, es mi Tío Toño. La señora empujó una silla con el pie y me pidió que me sentara. Quité con la mano las 6 variedades de moronas que había sobre la silla y me senté. La Doña me acercó el mini vaso y me puso el suyo frente a mí. Brindamos y le dí un pequeño sorbo. Ahora, yo no soy un experto en Brandy, pero lo que acababa de probar sabía raro. Le sonreí y luego giré la botella para descubrir que decía “Ron Pedro”, me encantó lo de Ron Pedro. Volví a sonreír y le di un segundo sorbo. Entonces la Doña empezó a darme una cátedra sobre paternidad, el sentimiento de ser madre y toda esa basura. Y después de cada oración, decía “los hijos son prestados… prestados”. Otra oración y “los hijos son prestados… prestados”. Entonces el Tío Toño dejó de abusar del refri, se sentó frente a nosotros y esperó a que la señora terminara su frase de los hijos prestados y dijo “no somos nadien”. Esto se estaba poniendo cada vez mejor. Cinco minutos más tarde, la Doña tenía los ojos medio cerrados y sólo decía “prestados” y la seguía el viejillo “no somos nadien”. Esto sucedió al menos 7 veces, hasta que el Tío Toño me preguntó, “quieres ver algo?”, yo con tal de escapar de la tortura verbal le dije que sí. Entonces se levantó y se empezó a desabrochar el cinturón. Mi impacto fue tal, que hasta tiré la silla al suelo. El Pelusa entró en ese instante y al ver a su Tío a punto de bajarse los pantalones, lo detuvo. Yo le dí gracias a Dios y luego al Pelusa. Lo llevó hacia el refrigerador y el viejito empezó otra vez a darle cariño al pobre electrodoméstico. El Pelusa me dijo que seguro me iba a enseñar una hernia enorme que tenía en la ingle. Incluso me dijo que la llamaba Ernie. De pronto me descubrí en medio de un tipo que parecía Pie Grande, un hombre con una hernia llamada Ernie dándole afecto al refrigerador y una Doña que según yo, ya estaba dormida, pero seguía diciendo “prestados”. En ese instante entró Samantha y me dijo “listo?”. La amé aún más. Me despedí del Pelusa y su maravillosa familia y salimos del departamento. Samantha me dio otro beso y me dijo “vamos a mi casa”. La tomé de la mano y empezamos a bajar las escaleras.
Me volteó a ver y me dijo “no siento las piernas”, al escucharlo sentí que me iba a desmayar, pero al ver mi cara, se empezó a reír y me dijo que era broma. No me reí.
La ayudé a levantarse y noté que aún tenía su cerveza en la mano, lo cual me pareció muy pro en las artes etílicas.
Caminamos un poco y vimos un puesto de garnachas al que no pudimos decirle no. Me descubrí tímido al pedir sólo un pambazo, pues la vecina pidió dos, una gordita y una quesadilla de huitlacoche que terminó en una discusión que me dio hueva. Huitlacoche o cuitlacoche, chipotle o chipocle, el azúcar o la azúcar. Hueva. Cuando iba a la mitad de mi pambazo, descubrí que la vecina estaba por terminar toda su orden, supuse que su sistema consistía en no masticar, pues cada que daba una mordida, levantaba la cara, como los pájaros cuando toman agua. A la hora de pagar me volteó a ver y yo volteé a ver el cajero que estaba al lado. Cuando regresé del cajero, la Doña de las garnachas le estaba entregando un paquete a la vecina. La muy mezquina había pedido más para llevar.
Unos minutos más tarde, llegamos a un edificio horrible que se veía a punto de derrumbarse. Sobre la banqueta, noté varias manchas rojas que parecían ser sangre seca. La vecina notó mi sospecha y me dijo “es la chamoy”, así dijo “la chamoy”, sólo el hecho de hacer al chamoy femenino, me pudo distraer del hecho de cómo diablos sabía que era chamoy.
Al entrar, nos recibieron tres tipos tan elegantes que parecían franceses. Uno de ellos le dijo a la vecina “eehehhhhh” o algo así. Los hueyes estaban tan drogados que sólo emitían sonidos, curiosamente, ningún sonido incluía consonantes. Mientras pasábamos junto a ellos, creí escuchar varias erres. Un segundo más tarde, mi nariz me indicó que no eran erres.
Al tocar la puerta, nos abrió un tipo que se veía igual de sofisticado que los franceses, nos dijo “eeeh” y supuse que todos en el edificio hablaban con puras vocales. Entramos y la vecina fue a la cocina a poner sus garnachas en el refri. Yo pasé directo a la sala y luego de escanear la zona con técnica depurada, noté que faltaba un elemento clave. Al voltear para ir hacia la cocina, la puerta del baño se abrió y Samantha apareció, caminando hacia mí. Juro que iba en cámara lenta. Se acercó y me dijo “Crisanto, veniste”. Yo le dije “Eeeehe” Ella sonrió y me dijo que estaban por empezar a jugar camaleones.
Nos sentamos en la sala y ví al Pelusa en el sillón de enfrente. Me vio sentado junto a Samantha y sonrió, lo cual me trajo cierta paz. Entonces me explicaron que camaleones era como el juego ese de las películas, en el que tratas de adivinar, pero en lugar de películas, le dices a alguien un personaje y lo tienen que actuar hasta que su equipo adivina. Vimos a un mediocre Michael Jackson, una Madonna demasiado gráfica para mi gusto y un Elvis que parecía tener polio. De pronto ví al fondo, una mujer muy sucia que cargaba una botella de Don Pedro casi vacía. Tenía puesta una playera que decía “estaríamos mejor con López Obrador” que se me pareció una metáfora perfecta. Yo intenté hacerme el chistoso, la señalé y grité “La Chupitos” y empecé a reírme. Al notar que mi risa era un monólogo incómodo, miré alrededor y todos me veían como si acabara de meter al más tierno cachorro en el microondas. Samantha se acercó a mi oído y susurró “Es la Mamá del Pelusa. Es alcohólica”. Yo me sentí como si fuera la persona más horrible del mundo, después de Fher de Maná. El Pelusa se levantó y guió de regreso a su progenitora hacia el cuarto de donde había salido. Yo deseé tener una cápsula de humo para arrojarla y desaparecer. Samantha me dijo que no me preocupara, que El Pelusa era muy alivianado y que mejor lo dejara pasar. Lo pensé por un momento y decidí que tenía que disculparme con El Pelusa. En cuanto salió del cuarto, lo abordé y le dije que sentía mucho lo que había pasado y que si quería que me fuera, lo entendía perfectamente. Él me dijo que no me preocupara, que todo estaba bien entre nosotros y seguíamos siendo mejores amigos. Yo no diría que eramos mejores amigos, pero el tipo era tan cool, que empecé a considerarlo.
De pronto, un ruido muy fuerte nos invitó a la cocina. Al entrar, vimos a la vecina tirada en el piso. Un extraño líquido rojo cubría el suelo y la mesa. La primera impresión fue pensar que era sangre, pero en cuanto la vecina se medio incorporó, ví sobre el piso un frasco de salsa de tomate Barilla. Yo no podía creer que luego de la media docena de garnachas, tuviera hambre, pero ella confesó que planeaba preparase un Bloody Mary. Primero me sorprendió escucharla decirlo con un perfecto acento británico. Luego sentí un gran asco, al pensar en el Bloody Mary preparado con salsa para spaghetti. Samantha y otra chica trataron de ayudarla caminar hacia la sala, pero la vecina gritaba “ando bien, ando bien, otra caguama!”
Cuando me disponía a seguir a todos, El Pelusa me dijo “quieres ver algo increíble?” y viniendo de un hombre que parece el eslabón perdido, siempre debes responder que sí. Me llevó por un pasillo que olía a la medicina de mi Tía Conchita, que sufría de artritis. Al final había una puerta en la que había un letrero que decía, “En esta casa, no comemos tocino”. Lo leí tres veces, tratando de encontrar un mensaje oculto, y finalmente concluí que en esa casa, no comían tocino. El Pelusa me volteó a ver y me preguntó “Listo?” yo no sabía si lo estaba o no, pero mi curiosidad me roía el cerebro tan intensamente, que podía escucharla. En cuanto le dije que sí, abrió la puerta y un fétido olor me golpeó la cara, como la más intensa de las cachetadas imaginarias. El Pelusa al notar mi cara de asco me dijo, “no te preocupes, te acostumbras”, yo no estaba seguro si quería acostumbrarme. Entramos y ví cerca de 20 bolsas de galletas de animalito. De niño me encantaban, de grande descubrí que eran una basura y dejé de comerlas. Al voltear hacia donde estaba el Pelusa, lo ví cargando un puerquito. Rosa. Impecable. Digno de ser el Babe original. Pero algo estaba mal, la imagen y el aroma no eran congruentes. Le dije que no podía creer que un puerquito tan pequeño pudiera generar un olor tan fuerte, entonces me dijo que era Gertrudis quien olía. Señaló hacia la esquina de la habitación y ahí yacía Gertrudis, una marrana enorme que apenas podía moverse y bufaba como gordo en sillón luego de acabarse una cubeta de Kentucky. Los dos porcinos justificaban el letrero del tocino, pero por más que pensé y pensé, no encontré algo que justificara tener a dos puercos en un departamento.
Al llegar a la sala vimos a la vecina sobre la mesita de la sala. No supe si estaba bailando o tratando de mantenerse de pie. Para ese entonces, su sangre ya tenía más alcohol que un hospital y era inevitable pensar que las próximas tres horas, serían duras, y la mañana siguiente, una dura prueba para el frágil cuerpo humano. La vecina finalmente cedió ante la fuerza de gravedad y cayó. Todos la veían sin inmutarse, como que lo que acababa de pasar era una tradición a la que todos estaban acostumbrados. Samantha se acercó y me pidió que la ayudara a llevarla a un cuarto. Pensé que llevarla al cuarto de los puercos sería un detalle cruel y descarté esa idea. En lugar de eso, Pelusa sacó a su Mamá del cuarto y atrás de ellos salió un hombre que lucía tan mal, que hacía a la Mamá del Pelusa, parecer Scarlett Johanson. El hombre nos volteó a ver a mí y a la piltrafa humana que tenía en brazos y dijo “eeeheheh” y tosió. Le dije “eh” y me dejó entrar al cuarto. Puse a la vecina sobre lo que parecía ser una cama y pensé que tal vez, después de todo, los marranos no eran tan mala idea. Samantha se sentó en la orilla de la cama y me pidió que la esperara afuera, que saldría en 10 minutos. Me tomó de la mano, me acercó lentamente y me dio un beso. No podía creer que nuestro primer beso había sido en un entorno que olía a patchouli y con una vecina perdida en alcohol como testigo. Aún así, el beso de Samantha me pareció perfecto.
Salí del cuarto y cerré la puerta. Al voltear ví a una chica que tenía un sombrero y zapatos como de Peter Pan. Pero azules. Me dijo “pst!” y movió la cabeza como indicando que la siguiera. Luego de unos pasos, se detuvo frente a un cuadro sobre la pared. La ví raro y luego miré el cuadro. No podía creer lo que tenía frente a mí. El Pelusa tenía una primera edición de Kalimán, impecable. Entonces la chica susurró “Me dijo Ana que eres bien re fans” así dijo “bien re fans”. Le dije que sí y volví hacia el Kalimán. Entonces El Pelusa se paró junto a mí y me dijo que su Madre quería conocer al nuevo mejor amigo de su hijo. No pude más que seguirlo.
Entramos a la cocina y la Doña estaba sirviendo el último trago de la botella en un vaso imposiblemente pequeño. El Señor estaba haciéndole algo al refrigerador. Primero no supe si había visto mal, pero luego de un segundo vistazo, tuve claro lo que estaba viendo. El viejillo se estaba portando cariñoso con el refri. Volteé a ver al Pelusa y me dijo “se está rascando”, es mi Tío Toño. La señora empujó una silla con el pie y me pidió que me sentara. Quité con la mano las 6 variedades de moronas que había sobre la silla y me senté. La Doña me acercó el mini vaso y me puso el suyo frente a mí. Brindamos y le dí un pequeño sorbo. Ahora, yo no soy un experto en Brandy, pero lo que acababa de probar sabía raro. Le sonreí y luego giré la botella para descubrir que decía “Ron Pedro”, me encantó lo de Ron Pedro. Volví a sonreír y le di un segundo sorbo. Entonces la Doña empezó a darme una cátedra sobre paternidad, el sentimiento de ser madre y toda esa basura. Y después de cada oración, decía “los hijos son prestados… prestados”. Otra oración y “los hijos son prestados… prestados”. Entonces el Tío Toño dejó de abusar del refri, se sentó frente a nosotros y esperó a que la señora terminara su frase de los hijos prestados y dijo “no somos nadien”. Esto se estaba poniendo cada vez mejor. Cinco minutos más tarde, la Doña tenía los ojos medio cerrados y sólo decía “prestados” y la seguía el viejillo “no somos nadien”. Esto sucedió al menos 7 veces, hasta que el Tío Toño me preguntó, “quieres ver algo?”, yo con tal de escapar de la tortura verbal le dije que sí. Entonces se levantó y se empezó a desabrochar el cinturón. Mi impacto fue tal, que hasta tiré la silla al suelo. El Pelusa entró en ese instante y al ver a su Tío a punto de bajarse los pantalones, lo detuvo. Yo le dí gracias a Dios y luego al Pelusa. Lo llevó hacia el refrigerador y el viejito empezó otra vez a darle cariño al pobre electrodoméstico. El Pelusa me dijo que seguro me iba a enseñar una hernia enorme que tenía en la ingle. Incluso me dijo que la llamaba Ernie. De pronto me descubrí en medio de un tipo que parecía Pie Grande, un hombre con una hernia llamada Ernie dándole afecto al refrigerador y una Doña que según yo, ya estaba dormida, pero seguía diciendo “prestados”. En ese instante entró Samantha y me dijo “listo?”. La amé aún más. Me despedí del Pelusa y su maravillosa familia y salimos del departamento. Samantha me dio otro beso y me dijo “vamos a mi casa”. La tomé de la mano y empezamos a bajar las escaleras.
miércoles, 6 de abril de 2011
10. EL RESCATE DEL FALSO LIZMARK.

Seguí a Samantha con la vista hasta toparme con la cara del Pelusa, quien me miraba muy serio. Levanté la mano para saludarlo y para mi enorme sorpresa, Él respondió agitando la mano como un inocente niño de 5 años lo haría. Yo no supe por qué, pero sólo pude pensar en la inocencia que tendría Pie Grande ante un encendedor, por supuesto la enorme masa de cabello corporal ayudaba.
Al voltear hacia el otro lado, ví a Ana parada junto a mí. Ella me preguntó si me acordaba de Él, yo le dije que nunca antes lo había conocido. Entonces me dijo que me lo había presentado en una de sus fiestas, sólo que entonces no era El Pelusa, sino Tadeo. El nombre al instante brincó a mi mente y lo recordé. El tipo me había caído re bien. Por supuesto eso fue 10 kilos de cabello atrás.
Samantha y Él platicaban de nuevo y la vecina detectó mi frustración. Entonces se acercó y me dijo, “no te preocupes, sólo son Eme A Pe Ese” así dijo “Eme, A, Pe, Ese”. Yo no tuve alternativa más que poner mi cara de pendejo. Entonces ella lo aclaró “ya sabes, Mejores Amigos Por Siempre, como dice Paris”. Yo supuse que se refería a Paris Hilton pero lo había hecho sonar como la ciudad. Mi boca generó una ligera sonrisa para la vecina, pero en mi cabeza había fuegos artificiales.
Todos los demás empezaron a empacar sus cosas y yo me uní al ritual. Ana me pidió 20 minutos para tomar un poco de sol y no pude más que acceder. Al volver la vista, El Pelusa, Samantha y otros cuantos ya no estaban ahí. A pesar de buscarla con la urgencia que una madre buscaría a su pequeño hijo extraviado en medio de la Pamplonada, no pude encontrarla.
Me resigné y le dije a la vecina que iría a dar una vuelta y regresaría en 20 minutos, ella, instalada en el camastro me dijo que estaba bien. Saqué una chela y puse mi mochila junto sus cosas. Pensé en echar un vistazo al Mini Zoológico que había visto en el mapa.
Al llegar ahí, descubrí que no estaban bromeando al llamarlo Mini Zoológico. Incluso pensé que Micro Zoológico hubiera sido más adecuado, pues tenía tres jaulas, una con un changuito que lucía muy enfermo y se rascaba incesantemente su área especial; otra en la que había 3 zopilotes que miraban al changuito como esperando a que de un momento a otro, cayera muerto; la tercera jaula tenía un French Poodle que supuse algún día había sido blanco, pero ahora lucía como una bola de estopa tirada en piso. Me sentí fatal por los animales, más por el French Poodle, pues junto a su plato, había un enorme costal de Whiskas. Los muy ingratos le estaban dando comida de gato. Al menos el changuito tenía plátanos y los zopilotes, la esperanza de algún día, degustar al pequeño primate.
A un costado del mini zoológico, ví un puesto de bromas. El simple nombre “Puesto de bromas” me daba risa. Me dio tristeza verlo vacío y supuse que los niños ahora en lugar de los chicles de ajo, las bolsas de pedos y las cacas falsas, prefieren el X-box y Facebook. Me prometí a mí mismo, que cuando tuviera un hijo, le regalaría un balero y una bolsa de pedos. También ví que vendían máscaras de luchador. Pregunté si tenían la de Lizmark y la doña del puesto simplemente me señaló la zona de máscaras. Resignado busqué entre las opciones y finalmente la encontré. Mi amigo Lalo y yo siempre habíamos querido encontrarla, pero nunca habíamos tenido suerte. Me dio tanto gusto, que decidí comprarla aunque el precio y la calidad no fueran coherentes. Le pregunté si aceptaba tarjetas y me puso su cara de “no seas pendejo”, así que le pagué con los últimos 80 pesos que traía con la esperanza de encontrar un cajero cerca.
Caminé un par de pasos y abrí mi cerveza para celebrar mi hallazgo con un sorbo. En una fracción de segundo, un silbato sonó junto a mí, tan fuerte, que estuve a punto de sufrir una embolia del susto. Al voltear, encontré a un policía tan pequeño que tuve que bajar la vista, pero tan gordo, que tuve que mirar de lado a lado para verlo, como si lo estuviera escaneando. Al fondo, otros dos oficiales corrían hacia mí. Yo miré alrededor como temiendo que un peligro inminente estaba cerca y los tres agentes sólo intentaban protegerme. Uno de los agentes, el más alto, se acercó lentamente con una mano junto a un revolver tan viejo que dudé que funcionara, pero no estaba dispuesto a arriesgarme. La otra mano, la tenía levantada hacia mí, como en saludo Apache. Yo no entendía lo que estaba pasando. El policía me dijo “Señor, lo mejor que puede hacer es cooperar”. Yo les dije que lo mejor que ellos podían hacer era explicar. Esto pareció enfadarlos y como que me rodearon. El agente me dijo, ahora más serio, “ponga la cerveza y la máscara en el piso y retroceda”. Yo estaba muy confundido pero elegí cooperar. Puse las cosas en el piso y dí un par de pasos hacia atrás.
El poli me explicó que estaba prohibido beber en las instalaciones y que tenía que acompañarlos. El mini policía sacó una bolsita y puso la lata dentro, al más puro estilo de programa policial, la máscara la tomó con la mano. El tercer policía me tomó del brazo y elegí acompañarlos. Avanzamos entre una multitud que me miraba como si yo fuera el criminal más buscado del mundo. No sé por qué, pero la idea de generarle cierto miedo a la gente como que me gustó, al menos, hasta que le sonreí a una niñita y empezó a llorar.
Llegamos a la comandancia, que tenía el tamaño de una caseta de estacionamiento y me pidieron que me sentara. Al voltear a ver la silla, noté que tenía mugre del año que le pidieras, así que les pedí que me dejaran estar de pie. El mini agente tomó el radio y dijo “29, 29, tenemos un 50 abierto en 20 principal”, al notar que lo estaba viendo, medio se volteó, y como si yo pudiera entender sus pinches claves, el pendejo empezó a hablar más bajo. Varios minutos después, llegó un policía con las piernas tan cortas y el torso tan ancho y desparramado sobre el cinturón, que parecía una mantecada.
Me miró un momento y luego se acercó a los otros agentes. Empezaron a cuchichear y ligeras risitas surgieron, luego me voltearon a ver y la intensidad de las risas incrementó, a tal grado, que el “Muffin Policía” empezó a toser de tal forma, que pensé que le quedaban como 18 segundos de vida. Cuando logró calmarse, sacó una cajetilla de Marlboro 14 y el mini agente en una fracción de segundo, sacó un encendedor para proveerle un poco de humo al gran jefe. Cada vez que le acercaba el encendedor, el jefe tosía y apagaba la flama. Luego de 7 intentos, no pude contenerme y una pequeña risilla los enfureció. El gran jefe se puso en cigarro en la oreja y se acercó a mí lentamente. Me miró a los ojos y me dijo “Te parece chistoso”, con la voz de un niño de 5 años, tal vez 4. Luché con todo lo que tenía para frenar mi risa. Luego me dijo “Eh?” “Eh?”. Todo era simplemente demasiado, pero mi necesidad de ver a Samantha otra vez, logró contenerme.
Entonces hice lo que mejor sabía hacer, mentí. Le dije que tenía una condición médica llamada “Fabulismo de endorfinas” y que me causaban liberar risa cuando me sentía nervioso o triste. Luego para darle solidez a mi historia, le dije que me había reído durante todo el funeral de mi abuela, y con eso, compré un poco de simpatía. Me preguntó mi nombre y al decirle “Crisantemo”, ya tenía al jefe en el bolsillo. Me dijo que desgraciadamente había cometido una infracción y que teníamos que llegar a un acuerdo. Yo maldije un poco al recordar que mis últimos 80 pesos se habían ido en la máscara. Unos segundos más tarde, descubrí que el mundo en que habitamos, es como una novela de ficción en la que el mayor de los absurdos, es más común que la ignorancia en los políticos.
El gran jefe me preguntó si estaría interesado en donar mi máscara de Blue Demon a la memorabilia de la caseta de policía. Analicé su propuesta, queriendo estar seguro que lo que mis oídos habían escuchado, no era un invento de mi cabeza pretendiendo vivir en un mundo en el que Chabelo, era el rey del mundo. Luego de mi diálogo interno, le dije que por supuesto estaba dispuesto a hacer la donación, pero que la máscara era de Lizmark, no de Blue Demon. Entonces entramos en una polémica de luchadores que se prolongó más de lo imaginable. Al final del debate, el gran jefe ya me decía hermano, y el mini policía me había ofrecido ser chambelán en los 15 años de su hija, próximos a celebrarse. Nos despedimos de abrazo y choque de puños. Haberme hecho amigo de los polis, me había regalado una breve sensación de McLovin, lo cual me hizo sonreír un poco, luego corrí de regreso hacia donde la vecina.
Al verla de lejos, pensé que se veía medio naranja, pero al acercarme, descubrí que estaba tan roja, que era difícil diferenciar entre su piel y la toalla de Coca Cola sobre la que estaba dormida. La moví un poco y despertó toda apendejada por el sol. Había pasado una hora. 60 minutos de rayos ultravioleta filtrados con su aceite para bebé barato. El resultado era lamentable. Luego se incorporó, y noté que toda la mitad de atrás, estaba completamente pálida. Era el efecto Duvalín en su máxima expresión. Mientras se desapendejaba, liberaba pequeños quejidos, seguramente ocasionados por el dolor en su piel. Le expliqué lo que había pasado, y para mi sorpresa, reaccionó de la mejor forma y así, adquirió todo mi respeto.
La ayudé a levantarse y me dijo que le dolían los huesos, me sentí fatal. Con todo mi pesar, le dije que si quería, podíamos simplemente ir a su casa para que descansara. Ella me miró muy seria y me dijo conmovida que sabía lo mucho que yo quería ver a Samantha y que haber pensado en su salud primero, le había enchinado su roja piel de gallina y que sólo por eso, estaba dispuesta a llevarme a casa del Pelusa. Fue entonces cuando descubrí que la bondad, la misericordia y toda esa basura, realmente funcionaban. La ayudé a ponerse su vestidote y caminamos muy lentamente hacia la salida. Una calle más tarde me dijo que sus piernas le dolían más y más. Al terminar de decirlo, vimos junto a nosotros, como una aparición celestial, un carrito de Gual Mar, como ella decía. Nos volteamos a ver y 10 segundos más tarde, ya la estaba yo empujando por la calle, los dos con la sonrisa con la que dos niños juegan con su primer carrito. Para ese entonces, la vecina ya se veía medio morada, y me hacía sentir como Elliot, empujando a E.T. La vecina se reía divertida y gritaba, más rápido entre cada sorbo de cerveza. Yo aceleraba feliz, sabiendo que unos minutos más tarde, vería de nuevo a Samantha.
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miércoles, 22 de diciembre de 2010
9. LAGUNILLA SHORE.

Al llegar a casa, descubrí que no había luz. Pensé en maldecir un par de veces pero al recordar que mi medidor tenía diablito, elegí resignarme y poner agua a hervir para mi sopita.
Para ese momento, mi estado de deshidratación era brutal. Abrí el refrigerador y ví un Boing de mango, aún frío, el envase ya estaba un poco sudado y lo hacía lucir como prop para comercial. Me lo tomé en 2.7 segundos y volví a abrir la puerta. Al no encontrar nada, decidí que era tiempo de brincar en la ducha.
Luego del baño, busqué en el armario algo con lo que pudiera nadar. Encontré un traje de baño enorme que usaba cuando estaba gordo, un speedo azul chiclamino que estaba seguro no era mío y los calzones Rimbros que uso cuando toca lavar ropa. Nada era adecuado, no podía creer que no tenía nada de ropa de balneario, tal vez sería porque tenía más de 5 años que no visitaba uno. Finalmente encontré unos chors, como decía mi tía Cecy. Me los probé y como eran negros, hacían lucir mis piernas aún más pálidas, pero era lo mejor que tenía, así que me puse unos jeans encima y una playera de Disco Beach para que la gente supiera que había ido a Acapulco, al menos en los 90s.
Luego de tres cucharadas de sopita, escuché la puerta. La pinche vecina nunca levantaba la caca de su perro, pero vaya que era puntual. Me hice pendejo varias cucharadas más y luego le abrí. La muy ingrata, tenía puesto un sombrero tan amplio que primero pensé que tenía uno de esos conos que les ponen a los perros cuando hay algo mal, y portaba un vestido tan grande, que parecían tres. Le pedí dos minutos más para terminar mi sopita y me dijo que me esperaría en la tienda de la esquina.
Al llegar a la tienda, noté que estaba metiendo en su mochila, como 3 six de cerveza. Le ofrecí pagar la mitad pero me dijo que esas eran para ella, que si yo quería, podía comprar más. Luego de superar el hecho de que mi acompañante tenía planeado consumir 5 litros de cerveza, compré un six, un Clamato, 3 limones y un chicharrón. Me sugirió que pidiera cueritos para mi chicharrón y yo le sugerí que se fuera al diablo pues los cueritos me daban más asco que Fher de Maná. Bueno, tal vez igual de asco.
Finalmente salimos de la tienda y me preguntó, “tomamos la micro o cogemos un taxi?” Yo elegí separar la pregunta en dos, pues tanta violencia gramatical en una sola oración, me resultaba imposible. Luego de procesar ambas preguntas, elegí el taxi. Sólo le pedí caminar una calle más para comprar el Kalimán con mi voceador de confianza y luego abordamos un taxi que no olía a cenicero, sólo a sudor de chofer de taxi, $27.80 más tarde, llegamos al balneario. Fue entonces cuando descubrí que el lugar efectivamente estaba en Reforma, pero a la altura de La Lagunilla. Temí lo peor.
Pagamos 15 pesos cada uno, en una taquilla tan impecable que me dio esperanza. Misma que dos pasos más tarde me fue arrebatada al toparme con una multitud de hueyes entre mamados y bofos con bronceados en tonalidades rosáceas-anarajandas y brillando a más no poder por los varios litros de aceite para bebé que tenían encima. Todos portaban speedos, todos excepto por uno que supuse que tendría puesto un short tan pequeño, que su enorme panza sólo dejaba ver la orilla. Era una pesadilla. Alcancé a ver a 4 mujeres en el camino, 4 entre la multitud de hombres. Una tenía una toalla sobre el cuerpo y otra en la cabeza con el típico estilo turbante. Otra estaba sentada en un camastro, evidentemente ebria, pues estaba dormida, rodeada de varias latas de cerveza y tenía media chichi de fuera. La escena era tan desagradable, que ni la media chichi la volvía interesante. Las otras dos eran empleadas del lugar.
Finalmente encontramos a los amigos de la vecina. Por suerte, todos lucían medio normales. Todos menos uno que en lugar de traje de baño, portaba una playera del América y una trusa Trueno, ambos empapados. A Él no lo saludé.
Cuando estaba por acomodarme en un rinconcillo para descansar y tomarme una chela, la vecina me preguntó si la acompañaba a la alberca. Como ya no tenía ni el sombrero ni el vestidote, la acompañé. La dichosa alberca estaba tan llena, que literalmente, era un consomé humano. Regurgité un poco. El tobogán era tan pequeño que se veía más bien como una resbaladilla en la que apenas cabía un niño siempre y cuando no estuviera gordo. Le sugerí intentar en la otra alberca que estaba en le mapa del lugar.
Al llegar, me sorprendí al ver que la alberca estaba casi vacía. La vecina me sonrió y brincó al agua. Luego empezó a moverse tan agitadamente, que pude jurar que había una podadora en el agua y se estaba electrocutando. Cuando se detuvo y se puso de pie, descubrí que simplemente, apestaba en las artes natatorias.
El calor, la cruda y la mirada incisiva de la vecina como diciendo “órale huey” me hicieron quitarme los jeans, mis Converse y la playera y prepararme para saltar al agua. Metí la punta del pie para checar la temperatura, un segundo más tarde, pensé que estaría proyectando la imagen de una niña de 8 años, así que fingí que estaba bromeando y salté al agua. Estaba tan fría, que todo mi cuerpo, instantáneamente se cubrió de la popular piel de gallina. La vecina se burló un poco de mí, sólo un poco. Luego nos quedamos parados, sin hacer o decir nada. La escena era tan incómoda que acordamos regresar con el grupo.
Al volver a donde había dejado mi ropa, sólo ví mis Converse y la playera. Busqué mis jeans dando vueltas como perro correteando su cola y no los encontré. La vecina se acercó y me dijo muy seria “te dije que tuvieras cuidado con tus cosas, aquí siempre se pierden”, hurgué mentalmente y luego le reclamé, pues no había advertido, entonces se disculpó.
Regresamos con sus amigos y yo lo único que podía pensar era en mi regreso a casa vistiendo sólo los pinches chors. Afortunadamente mi mochila aún estaba ahí, así que saqué una chela y me la tomé en 6.8 segundos. Abrí otra y le dí sólo un sorbo. Luego algo llamó mi atención. Un huey con el cabello y la barba tan largos, que instantáneamente miré alrededor estando seguro de que Wilson andaría cerca. Primero pensé que tenía puesto un suéter, pero luego noté que era el huey era como un tapete humano, una vez más regurgité. El tipo definitivamente tenía que ser una especie de náufrago urbano o algo así. Sentí pena por él, hasta que una mujer con un cuerpo impresionante y un bikini tan pequeño, que se veía tan irresistible como un billete tirado en el piso, se acercó y platicó con él, muy, tal vez demasiado amigablemente. Entonces el mundo tuvo menos sentido que nunca.
La vecina se acercó y me dijo, “son el pelusa y Samantha”. Volteé un segundo a ver a la vecina y regresé a Samantha, no podía dejar de mirarla. Al menos hasta que un tipo pasó frente a mí con mis jeans puestos. Le reclamé y como si nada, se los quitó, sacó un juego de llaves de la bolsa, los dobló con gran destreza, me los dio y luego de una sonrisa de resignación, se fue. Mientras intentaba procesar lo que acababa de pasar, la vecina me dijo “Crisanto?, te presento a Samantha” así me dijo la huey “Crisanto”. Pero por el hecho de que me estaba presentando a Samantha, me pudo haber llamado Andrés Manuel y aún así la habría perdonado.
Samantha extendió la mano y yo sin pensar le di un abrazo, mismo que para mi sorpresa, fue correspondido. Samantha crecía en mí mente cada fracción de segundo. La vecina sabía que Samantha me había enloquecido, estar salivando en exceso y mi cara de pendejo no podían ocultarlo. Luego Samantha me dijo que la vecina le había dicho que yo era fotógrafo y que ella necesitaba unas fotos para su book porque quería ser modelo. Entonces estuve 100% seguro de que Dios me amaba como a pocas creaturas en el mundo. Me dijo que varios irían a casa del Pelusa a jugar Camaleones, yo no tenía idea de qué rayos estaba hablando pero le dije que me encantaría ir a casa del Pelusa a jugar Camaleones. Me dijo que Ana sabía donde vivía y yo le pregunté quién era Ana, fue entonces cuando supe que la vecina, a quien yo siempre llamaba vecina, se llamaba Ana. Le dije que ahí la vería para ponernos de acuerdo para las fotos y ella me dijo, “está bien Crisanto, ahí te veo” yo la corregí y le dije que mi nombre correcto era Crisantemo. Ella sonrió y yo puse otra vez mi cara de pendejo.
lunes, 4 de octubre de 2010
8. YO SÓLO QUERÍA UNA SOPITA.
Al salir a la calle, busqué un símbolo que me diera una clave de dónde estaba, como el Ángel, para saber que era La Cuauhtémoc; o un corporativo y un basurero con el mismo código postal, para ubicar Santa Fe; o un coche achaparrado para saber que estaba en Satélite; algo que me diera una noción de espacio y tiempo. Finalmente noté un grupo de hipsters wannabes entrando a un restaurante que estaba entre otros dos y de inmediato supe que estaba en la Condesa. Eso me dio gusto, pues estaba cerca del mercado. Tomé un taxi que me regaló la experiencia de viajar en un cenicero motorizado y luego de 12.95 pesos, llegamos.
Antes de entrar, revisé mi celular para ver si tenía mensajes y descubrí que no tenía ni batería, lo cual me pareció ideal para disfrutar de mi almuerzo en calma. El mercado estaba tan lleno que parecía antro. El primer puesto que ví, era uno de tacos de guisado en el que la gente se arremolinaba como si fuera una barra con tragos gratis. El guey que tomaba las órdenes, tenía una playera que decía “U-Dos”, así decía “U-Dos”, y tenía una foto de Bono tan mal impresa, que más bien parecía Arjona. El guey estaba instaladísimo en su actitud de Rockstar, con decenas de fans aclamándolo, pero en lugar de gritar “Bloody Sunday” o “With or without you”, gritaban, “Arroz con huevo”, “Chile relleno” y el tipo asentía con una arrogancia, que me causaba fascinación y asco en iguales cantidades.
Borré los tacos de guisado de mi lista mental y seguí mi camino, pensando que en realidad lo que yo quería, era una sopita. Me abrí camino entre la muchedumbre avída de garnachas y unos metros más adelante noté que el puesto de carnitas tenía sólo siete personas formadas en una línea tan perfecta y rigurosa que me resultó irresistible. Luego de un minuto formado, empecé a ponerme nervioso pues tanto los clientes como los empleados, hablaban como en clave “Dos nana, dos buche, los cuatro con copia en plato separado para llevar con todo”, “dos cuerito, costilla entera, roja y verde aparte, todo sin jardín” y yo sólo iba a pedir un taco de maciza. Luego noté que los idiotas, tenían colgada la cabeza de un marrano como diciendo “tenga usted el honor de conocer a quien se va a comer”. La imagen era muy perturbadora así que intenté moverme un poco pero juro que los ojos del marrano me seguían, como esas pinturas que generan tal efecto. No pude más y salí de la fila pensando que como sólo quería mi sopita, podía olvidar las carnitas.
Me puse como meta ir directamente al puesto de barbacoa. Evité mirar algunas tentaciones y finalmente logré llegar al puesto deseado. Miré las mesas y estaban repletas de gente que comía sin piedad. Noté un pequeño espacio entre un niño regordete y un hombre vestido de payaso. Me encantó la idea sentarme ahí y como pude me acomodé en medio de los dos personajes. Se acercó un hombrecillo con un bigote imposiblemente delgado y me preguntó “cuántos consomeses” así dijo “consomeses” yo sonreí y le dije que sólo quería uno. En ese instante, se acercó una chica con un escote demasiado pronunciado para estar vendiendo barbacoa y me dijo que ya sólo había un consomé y que me lo traería en un minuto. El hombrecillo debió notar era tal mi deseo de obtenerlo que se ofreció a traerlo él mismo. Yo le agradecí y con gran esperanza, lo ví alejarse. Luego volteé a ver a mis vecinos de mesa y les sonreí. Sólo el payaso me devolvió la sonrisa, dejando ver un pedazo de cilantro en uno de sus dientes.
Devolví mi atención al hombrecillo y lo ví con el plato en sus manos, avanzando hacia mí, mostrando un gran orgullo por su logro de obtener el cotizado último plato de consomé para mí. Luego unos pasos, pisó un envase de Boing que estaba tirado en el piso e irremediablemente cayó, derramando la preciada sopita, en el frío concreto. Dos segundos después, concluí que en la vida, hay pocas cosas tan peligrosas, como un pendejo con iniciativa.
Me levanté y me di la vuelta. Al fondo ví un letrero que decía “Caldos de gallina”. Para ese entonces mi hambre era tal, que hasta las sillas se veían ricas. Me acerqué y le pregunté a un hombre con sombrero si todavía tenían caldos. Asintió si decir nada y con un gesto me indicó que sentara. Su sombrero era tan grande que cada que se movía, le pegaba a la bolsa con agua que tenían colgada para evitar las moscas. Me senté y un minuto más tarde, llegó una señora que se veía muy enojada con un plato enorme, repleto de una sopita humeante que suplicaba ser consumida. Le pedí un unos limones y la muy mezquina me trajo un octavo de limón. Lo exprimí hasta que estuve seguro que no quedaba ni una gota más de jugo, le puse un poco de cebolla picada y mucho chile en polvo que estaba en un molcajete de plástico y empecé a salivar. Le dí un par de vueltas con la cuchara y algo flotó. Así es, algo flotó. Con cierto miedo, metí la cuchara y levanté lo que estaba en el fondo. Yo no era un experto en gallinas, pero estaba seguro que podría reconocer una pierna, muslo, pechuga o ala sin problema. Definitivamente lo que estaba frente a mí era desconocido. Llamé a la Doña y al preguntarle qué era lo que tenía el caldo, me dijo “ah, es lo que son la menudencias”, lo dijo con ese vaivén de singulares y plurales. Urgué mentalmente en mi pedido y no encontré la palabra menudencias en él, de hecho, estaba seguro que tenía al menos 10 años, que no decía esa palabra.
La mujer me dijo que como ya no había otras piezas, pues le habían puesto menudencias. Otra vez la pinche iniciativa. Le pedí que me lo cambiara y me dijo que ya todo el caldo estaba mezclado. Maldije mentalmente un par de veces, me levanté y me fui, sin mi sopita, derrotado.
Decidí que era momento de resignarme e ir a la tienda por una Maruchan. Una de camarón con chile piquín sonaba bien.
En mi camino hacia la salida, volví a ver a todos los personajes que se encargaron de negarme mi derecho natural de disfrutar una sopita. Maldije otras dos veces.
Justo antes de salir, noté que el Taquero Rockstar estaba rodeado de 3 chicas, si bien no lo suficientemente atractivas para contender por el título de Señorita Tlalnepantla, no estaban del todo mal. El huey ya estaba lavando la plancha de las tortillas y traía puestos unos lentes que simulaban ser los populares Oakley de los 90s, pero el armazón decía Oakland, detalle que me encantó. Las micas de espejo tornasol, reflejaban los rostros flirteantes de las tres mujeres. Lamenté no tener una cámara conmigo.
Llegué a mi edificio sin la Maruchan porque en la tienda se les habían terminado. Mi suerte estaba por cambiar al encontrarme con mi vecina quien traía dos bolsas de “Gualmar”, como ella le decía, llenas a su máxima capacidad. Era como el Ying-Yang de las compras, pues una estaba llena de sopas Maruchan y la otra de Cocas light. Le pedí que me vendiera una sopita y amablemente me la vendió en 3 pesos. Yo hubiera pagado 20. Me ofrecí a ayudarle y desgraciadamente aceptó. Al llegar a su casa me dijo “en una hora me voy a ver con unos amigos en el bañario que acaban de abrir en Reforma, así dijo “Bañario”. Tuve la estúpida idea de pensar que sería divertido ir y le dije que sólo necesitaba 18 minutos para bañarme y 15 para mi sopita. Ella sonrió y luego de calcular mentalmente me dijo, “te veo en 33 minutos”, le sonreí y me fui a casa a disfrutar mi sopita.
Antes de entrar, revisé mi celular para ver si tenía mensajes y descubrí que no tenía ni batería, lo cual me pareció ideal para disfrutar de mi almuerzo en calma. El mercado estaba tan lleno que parecía antro. El primer puesto que ví, era uno de tacos de guisado en el que la gente se arremolinaba como si fuera una barra con tragos gratis. El guey que tomaba las órdenes, tenía una playera que decía “U-Dos”, así decía “U-Dos”, y tenía una foto de Bono tan mal impresa, que más bien parecía Arjona. El guey estaba instaladísimo en su actitud de Rockstar, con decenas de fans aclamándolo, pero en lugar de gritar “Bloody Sunday” o “With or without you”, gritaban, “Arroz con huevo”, “Chile relleno” y el tipo asentía con una arrogancia, que me causaba fascinación y asco en iguales cantidades.
Borré los tacos de guisado de mi lista mental y seguí mi camino, pensando que en realidad lo que yo quería, era una sopita. Me abrí camino entre la muchedumbre avída de garnachas y unos metros más adelante noté que el puesto de carnitas tenía sólo siete personas formadas en una línea tan perfecta y rigurosa que me resultó irresistible. Luego de un minuto formado, empecé a ponerme nervioso pues tanto los clientes como los empleados, hablaban como en clave “Dos nana, dos buche, los cuatro con copia en plato separado para llevar con todo”, “dos cuerito, costilla entera, roja y verde aparte, todo sin jardín” y yo sólo iba a pedir un taco de maciza. Luego noté que los idiotas, tenían colgada la cabeza de un marrano como diciendo “tenga usted el honor de conocer a quien se va a comer”. La imagen era muy perturbadora así que intenté moverme un poco pero juro que los ojos del marrano me seguían, como esas pinturas que generan tal efecto. No pude más y salí de la fila pensando que como sólo quería mi sopita, podía olvidar las carnitas.
Me puse como meta ir directamente al puesto de barbacoa. Evité mirar algunas tentaciones y finalmente logré llegar al puesto deseado. Miré las mesas y estaban repletas de gente que comía sin piedad. Noté un pequeño espacio entre un niño regordete y un hombre vestido de payaso. Me encantó la idea sentarme ahí y como pude me acomodé en medio de los dos personajes. Se acercó un hombrecillo con un bigote imposiblemente delgado y me preguntó “cuántos consomeses” así dijo “consomeses” yo sonreí y le dije que sólo quería uno. En ese instante, se acercó una chica con un escote demasiado pronunciado para estar vendiendo barbacoa y me dijo que ya sólo había un consomé y que me lo traería en un minuto. El hombrecillo debió notar era tal mi deseo de obtenerlo que se ofreció a traerlo él mismo. Yo le agradecí y con gran esperanza, lo ví alejarse. Luego volteé a ver a mis vecinos de mesa y les sonreí. Sólo el payaso me devolvió la sonrisa, dejando ver un pedazo de cilantro en uno de sus dientes.
Devolví mi atención al hombrecillo y lo ví con el plato en sus manos, avanzando hacia mí, mostrando un gran orgullo por su logro de obtener el cotizado último plato de consomé para mí. Luego unos pasos, pisó un envase de Boing que estaba tirado en el piso e irremediablemente cayó, derramando la preciada sopita, en el frío concreto. Dos segundos después, concluí que en la vida, hay pocas cosas tan peligrosas, como un pendejo con iniciativa.
Me levanté y me di la vuelta. Al fondo ví un letrero que decía “Caldos de gallina”. Para ese entonces mi hambre era tal, que hasta las sillas se veían ricas. Me acerqué y le pregunté a un hombre con sombrero si todavía tenían caldos. Asintió si decir nada y con un gesto me indicó que sentara. Su sombrero era tan grande que cada que se movía, le pegaba a la bolsa con agua que tenían colgada para evitar las moscas. Me senté y un minuto más tarde, llegó una señora que se veía muy enojada con un plato enorme, repleto de una sopita humeante que suplicaba ser consumida. Le pedí un unos limones y la muy mezquina me trajo un octavo de limón. Lo exprimí hasta que estuve seguro que no quedaba ni una gota más de jugo, le puse un poco de cebolla picada y mucho chile en polvo que estaba en un molcajete de plástico y empecé a salivar. Le dí un par de vueltas con la cuchara y algo flotó. Así es, algo flotó. Con cierto miedo, metí la cuchara y levanté lo que estaba en el fondo. Yo no era un experto en gallinas, pero estaba seguro que podría reconocer una pierna, muslo, pechuga o ala sin problema. Definitivamente lo que estaba frente a mí era desconocido. Llamé a la Doña y al preguntarle qué era lo que tenía el caldo, me dijo “ah, es lo que son la menudencias”, lo dijo con ese vaivén de singulares y plurales. Urgué mentalmente en mi pedido y no encontré la palabra menudencias en él, de hecho, estaba seguro que tenía al menos 10 años, que no decía esa palabra.
La mujer me dijo que como ya no había otras piezas, pues le habían puesto menudencias. Otra vez la pinche iniciativa. Le pedí que me lo cambiara y me dijo que ya todo el caldo estaba mezclado. Maldije mentalmente un par de veces, me levanté y me fui, sin mi sopita, derrotado.
Decidí que era momento de resignarme e ir a la tienda por una Maruchan. Una de camarón con chile piquín sonaba bien.
En mi camino hacia la salida, volví a ver a todos los personajes que se encargaron de negarme mi derecho natural de disfrutar una sopita. Maldije otras dos veces.
Justo antes de salir, noté que el Taquero Rockstar estaba rodeado de 3 chicas, si bien no lo suficientemente atractivas para contender por el título de Señorita Tlalnepantla, no estaban del todo mal. El huey ya estaba lavando la plancha de las tortillas y traía puestos unos lentes que simulaban ser los populares Oakley de los 90s, pero el armazón decía Oakland, detalle que me encantó. Las micas de espejo tornasol, reflejaban los rostros flirteantes de las tres mujeres. Lamenté no tener una cámara conmigo.
Llegué a mi edificio sin la Maruchan porque en la tienda se les habían terminado. Mi suerte estaba por cambiar al encontrarme con mi vecina quien traía dos bolsas de “Gualmar”, como ella le decía, llenas a su máxima capacidad. Era como el Ying-Yang de las compras, pues una estaba llena de sopas Maruchan y la otra de Cocas light. Le pedí que me vendiera una sopita y amablemente me la vendió en 3 pesos. Yo hubiera pagado 20. Me ofrecí a ayudarle y desgraciadamente aceptó. Al llegar a su casa me dijo “en una hora me voy a ver con unos amigos en el bañario que acaban de abrir en Reforma, así dijo “Bañario”. Tuve la estúpida idea de pensar que sería divertido ir y le dije que sólo necesitaba 18 minutos para bañarme y 15 para mi sopita. Ella sonrió y luego de calcular mentalmente me dijo, “te veo en 33 minutos”, le sonreí y me fui a casa a disfrutar mi sopita.
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