sábado, 24 de julio de 2010

6. La amiga de la morena me caía bien.


Corrí hasta llegar a casa. La emergencia no era la fiesta, sino la cerveza haciendo sufrir sutilmente a mi vejiga. Cada que veía a alguien regando el pasto, la popular fuente del niño orinando, o un anuncio de Interceramic, me reprochaba por no haber entrado al baño. Recordé un viejo dicho que decía “quien vaya al DF y no orine en un Sanborns, no fue al DF”.

Maldije al cinturón, maldije al primer, al segundo y al tercer botón, luego, bueno…

Me probé la camisa de rayas, la de rayitas y la de rayotas. Intenté con la de cuadros y luego con la azul chiclamino que me regaló mi tía un mes después de mi cumpleaños. Al final, recordé que la fiesta era en casa de la Jenny, y elegí una camisa negra.

Al llegar a la casa, toqué la puerta y La Jenny abrió, vestida como Lady Gaga. Hurgué mentalemente y no encontré la palabra disfraces en el mensaje de texto. Todo tuvo sentido al ver a su novio, a quien describiría como el hijo que Hugh Hefner, tendría con Amy Winehouse, no sé por qué, pero eso vino a mi mente.

Como no sentí ganas de sonreir, les pelé los dientes y entré. Imaginé que sería el tipo de fiesta en la que en algún punto, vería a Marylin Manson, cargando a la gallina de los huevos de oro. Analicé la zona y afortunadamente, el resto de la población lucía, hasta donde la palabra lo permite, “normal”.

Me preparé mentalmente para la primera fase de la fiesta, la de reconocimiento. Avancé un poco, sonriendo y haciendo la cara de pendejos que hacemos cuando no conocemos a nadie y que pensamos que nos vuelve amigables. Luego me encontré a mi amigo Ramiro, quien siempre había dicho que su nombre era muy original, hasta que supo que uno de los hueyes de Bronco se llamaba así y empezó a decir que era de naco. Ramiro me caía bien.

Fuimos a la cocina a servirnos una cuba. Al llegar ví que El Brayan, hermano de La Jenny, estaba ahí. Sus jeans baggy, sus flip flops Quick Silver, su playera Ed Hardy que parecía ser de su hermanito y su gorra Von Dutch sobre su cabello inmerso en una espesa capa de gel me irritaban. El Brayan me caía mal.

Luego pensé que era su casa y le sonreí levantando la mano. Él me hizo una especie de saludo militar que lo hizo lucir aún más estúpido. Escuché lo que estaba platicando con dos hueyes y casi me dio una embolia cuando lo oí decirles “yo lo que quiero, es la Aifon” juro que así dijo “La Aifon”.

Ramiro notó mi cara de estreñido y se apuró con el proceso hielo, ron, soda, coca. Luego con toda la clase del mundo, agarró un puño de cacahuates y salió de la cocina. Yo agarré un Sabritón y lo seguí.

Cuando llegamos a la sala, ví a la novia de Ramiro, Cristal. Ella decía que su nombre también era muy original, pero Ramiro y yo decíamos que era de teibolera. Ella se levantó y me saludó, según yo, ya medio entrada en copas. Cristal me caía bien.

Junto a ella, estaba un tipo, pegándole a la mesita como si fuera un bongo. Junto a él, había un Red Bull, pensé que sería su sexto. Luego estaban dos chicas, una guapa y otra no tanto, Cristal me presentó, “Triny, Aby, él es mi amigo Crisantemo” y añadió “es soltero”. A mí me dio mucho gusto escuchar su estúpido comentario. Luego el tipo que le pegaba a la mesa me distrajo cuando dijo “ah, qué chido nombre”, luego me preguntó medio temblando “¿no quieres un Res Bull?” así dijo “Res Bull”, le dije que no y volví mi atención hacia Triny. O Aby, realmente no supe quién era quién, a mí me había gustado la morena.

Me senté entre ella y el tipo ese que se veía que estaba como a 10 minutos de sufrir un ataque de ansiedad. Él empezó a mover la pierna como si estuviera operando una de esas máquinas de coser que se tiene que pedalear. Cinco minutos después, me cambié de lugar.

Tres horas más tarde, me descubrí platicando con la morena deshinibidamente. Tal vez demasiado cerca, porque ya se hacía evidente que antes de venir a la fiesta, se había comido unos tacos al pastor y al menos, media orden de cebollitas. Fue entonces cuando supe que ya estaba en la segunda fase de la fiesta. Esta fase me gustaba, casi siempre.

Platicamos sobre el derrame de petróleo en el Golfo; luego sobre una película que estaba en el cine; hablamos sobre música y me dijo que se dedicaba a... la verdad no me acordaba bien, pero era algo en una oficina.

Cuando estabamos empezando a platicar sobre algo de Avon o Tupperware, no recuerdo, la amiga de la morena se acercó con unos caballitos llenos de un tequila que olía como acetona. Brindamos y nos los tomamos. Entonces me dijo que me parecía a un amigo suyo que se llamaba, Jorge o Javier o algo así.

Luego noté que platicábamos sobre política y religión y descubrí que la fase tres estaba empezando. La amiga dijo una broma que mi hizo reír muchísimo. Sólo me acuerdo que las palabras “Peje”, “pendejo” y “anfetamina” estaban en repetidas ocasiones. La amiga de la morena me caía bien.

Luego, nos tomamos otro caballito de acetona reposado. De pronto desperté en una cama que jamás había visto en mi vida, con un dolor de cabeza igual de desconocido. Fui al baño y me lavé la cara, bueno, me eché agua. Me enjuagué la boca y noté que tenía la lengua azul. Traía una playera blanca con algo escrito, decía “Para mi amigo Crisantemo. Eres un Tesoro. L.L.” Busqué en mi bolsillo y encontré un billete que decía “Banco Central de la República Argentina”, era de 10.

Revisé mi cartera y me alivié al ver que mis dos tarjetas estaban ahí, sin ningún voucher de “EL CHANGUITO PIDIENDO PAN Men’s Club” o algo así. Luego me aterrorizó una imagen, traía un anillo puesto. Decidí que era tiempo de pedir respuestas y aspirinas. Salí del baño para preguntarle a la morena que había pasado, pero al levantar la cobija, era la güera quien estaba dormida. Descubrí que la fase tres había sido brutal y atacado súbitamente, me senté en la orilla de la cama y maldije poquito.

Moví la cama para despertarla y cuando lo logré me dijo “Buenos días Cuchimino”, así dijo. El dolor de cabeza se hizo más agudo y sólo pude pensar en un Res Bull.

viernes, 9 de julio de 2010

5. El freak, el geek, la doña, la guapa y yo.

Conforme avanzaba hacia las revistas, la horrible melodía de Maná se iba desvaneciendo, pero la enorme gama de aromas que generaba el área de perfumería, volvía el lugar igual de desagradable. “Yves Saint Laurent Pour Homme?” me preguntó uno de los empleados, en un francés tan mediocre que lo hizo sonar como alemán. “No gracias” le contesté. Entonces él, con su impecable calidad de servicio me dijo “es gratis”. Eso me dio mucha alegría, porque yo pensaba que tendría que pagar unos cuantos pesos por dejarlo rociarme con su melosa escencia. Le dije “ya sé”, y seguí mi camino.
Al llegar a mi área destino, escaneé las diversas opciones y por alguna razón, las revistas de cocina fueron las que llamaron mi atención. Tal vez tenía hambre y tuve la torpe idea de que ver fotos de comida calmarían mi apetito. Tomé una llamada “Cocinero feliz”, no porque sintiera que era la más varonil, sino porque leí en la portada, “Haga sus propios gnocci”, yo siempre había querido aprender a hacerlos, así que encontre el artículo invitador.
Abrí la revista y encontré unas 20 páginas de publicidad en las que pastillas para adelgazar y Slim Center me parecieron una burla en una revista de cocina. Finalmente llegé al índice y encontré el artículo deseado. Mientras buscaba la página, levanté la vista un par de veces y me encontré con una segregación tan marcada, que tuve que analizar a fondo.
Primero, estaba un tipo medio gordo leyendo Maxim o una de esas revistas que gritan “SEXO” en la portada. Lucía nervioso, como adolescente viendo su primera revista porno, incluso sudaba un poco y volteaba a ver hacia todos lados como si su mamá anduviera cerca. Luego regresaba a la revista y como que pelaba los dientes cada que cambiaba de página. La escena era tan incómoda como perturbadora.
Luego estaba un ñoño tan flaco y alto, que se movía como nardo con el viento. Él estaba viendo una revista de tecnología que no alcancé a ver el nombre, pero seguro era algo como “Modern geek”. Este tipo estaba haciendo exactamente lo mismo que el gordo pervertido, pero en lugar de la combinación pierna-pompa-chichi, lo hacía con gadget-compu-Xbox.
Junto al geek había una doña, leyendo algo en “Vanidades” que seguramente encajaba perfectamente con su realidad porque cada 2 segundos, asentía y sonreía, dejando ver una gran mancha de lapiz labial barato en sus dientes.
Al final estaba una chica muy guapa pero igual o más flaca que el geek. Estaba tan flaca, que estuve tentado a darle mi revista para ver si le daba hambre. Ella leía “Cosmopolitan” era una “chica Cosmo”. Medio me asomé para ver lo que leía y supuse que era un test porque había varias preguntas con opción múltiple y como que tomaba notas en un teléfono tan grande, que apenas le cabía en la mano. Siempre había creído que esos tests eran tan ridículos como los horóscopos pero luego recordé que tal vez pensaba eso ya que los Leo, solemos ser arrogantes.
Así que ahí estábamos, el freak, el geek, la doña, la guapa y yo, tomando cultura por la que elegimos no pagar. Se me anojaba una escena fascinante. Miré alrededor como el freak, me emocioné al encontrar la receta como el geek al ver el nuevo iPhone, asentí sonriendo como la doña y me preparé para tomar nota como la guapa, pero en lugar de usar mi teléfono, saqué un papelito y una pluma.
Escribí “Gnocci” y una sombra cubrió mi papelito avisándome que alguien estaba frente a mí. Al levantar la vista, me topé con un policía. Su uniforme lucía impecable pero evidentemente ajustado. Lo miré de frente y sonreí, él, más serio que el cáncer me miró y luego volteó a ver la revista, el papelito y la pluma. Me dijo “es mi deber hacerlo sabedor que está prohibido tomar nota de las revistas”. Me encantó el swing que le daba la palabra "sabedor" a su observación.
Le mostré la más hipócrita de mis sonrisas, cerré la revista y fui hacia donde había un hombrecillo con un saco que fluctuaba entre el del Tío Gamboín y los hueyes esos que vendían afores en Santander. Miré hacia atrás y el guardia me seguía con la vista así que tuve que abordar al hombre-afore.
Le pregunté si tenía el nuevo número de Kalimán, él lo pensó un momento y luego me dijo, “no, pero tenemos la nueva Rolin Estón” así dijo “Rolin Estón”. A mí me sorprendió tanto su respuesta, que tuve que analizar un momento si había alguna relación entre mi pregunta y lo que me contestó o si simplemente era una respuesta estúpida. Cinco seguntos más tarde concluí, era estúpida.<
Le dí las gracias y me fui hacia el otro lado de la tienda. El guardia ahora coqueteaba con la guapa, ella sólo miraba los botones del uniforme como temiendo que en cualquier momento, uno la golpearía.
Me metí como E.T. entre los peluches y continué anotando la receta. Alguien se aclaró la garganta, haciéndome voltear para encontrarme de nuevo al guardia quien ahora tenía la mano extendida, invitándome a entregarle la revista. Le pregunté “quién es usted, el guardián de las revistas?”, y él me mostró orgulloso su placa que decía “Guardián. Libros y revistas”. Le entregué la revista y rumbo a la salida recibí un mensaje de texto que decía “fiesta en casa de La Jenny” así lo escribieron, “La Jenny”. Unas cubitas me parecieron buena idea, revisé la hora y pensé que era tiempo de ir a casa a cambiarme para el chancloteo.

viernes, 18 de junio de 2010

4. Karaoke Fun Plus 5000K HD


Luego de caminar tres calles y no encontrar el Sanborns, decidí preguntar. Por un momento pensé que no había ninguno cerca porque todos reaccionaban como si les estuviera preguntando dónde estaba el “glköjflñsjñ”. Finalmente un hombre a quien le iba a comprar un vaso con fruta hasta que me dijo el precio, me indicó que era hacia el otro lado.
Miré la hora. El segundo tiempo había empezado, así que apresuré el paso y sólo me detuve un instante en el Taiger Bar ese a decirle al cadenero lo que pensaba de él y sus indicaciones. Caminé dos calles, nada. Pregunté y me dijeron, “está a dos calles”, caminé dos calles más y repetí la operación. Era como estar viviendo un déjà vu sin fin.
Cuando logré encontrar el lugar, me dio risa ver que las dos últimas letras del letrero se habían caído, por lo que el cadenero había dicho el nombre correctamente. Entré de prisa y mientras buscaba el área de electrónicos, ví la zona de revistas y pensé que al terminar el partido, hojearía un par de ellas.
Llegar a electrónicos y ver todas las opciones de pantallas que había a mi disposición fue el paraíso, ver que iban en el minuto 33, el infierno. Estuve tentado a maldecir, pero elegí disfrutar de los últimos minutos. Seguían cero a cero.
Por ahí del minuto 38, mi nariz distrajo mi mente del partido. Algo olía muy, muy mal. Miré alrededor con mi cara de “algo huele muy, muy mal” y me encontré a mi izquierda a una señora con un vaso de unicel, del que asomaban, como saludando, un par de manitas de pollo. Volví mi vista hacia el partido, pero las estúpidas manitas de pollo, en toda su amarillez, volvían imposible el hecho de no voltear a verlas. Su presencia me generaba asco y fascinación, en igual proporción.
De pronto, el equipo de todos metió un gol, no lo ví, pero lo supe porque la doña gritó y brincó de tal forma, que una de las manitas quedó sobre uno de mis Converse que acaba casi de comprar. No supe si eso, o no ver el gol, me dio más coraje.
Noté que como que de la emoción, la señora me quería abrazar y me hice pendejo, como que estaba viendo un disco. Ella debió pensar una de dos, o bien que yo era muy raro, o que era claro que me estaba haciendo pendejo porque el disco era de Tatiana.
Regresé el disco a su lugar y miré de nuevo el reloj, quedaban 5 minutos. Sutílmente, me moví un par de pasos a la derecha y me crucé de brazos, para que la doña viera que era en serio. Al minuto 42, un ruido muy fuerte nos hizo brincar y luego voltear a la doña y a mí como si fuera una coreografía del programa de corte juvenil “A todo dar”. Era un empleado, que había elegido el peor de los momentos para hacer una demostración del nuevo "Karaoke Fun Plus 5000K HD", así decía la caja.<
El hombre empezó a cantar una de José José de manera desastroza. Era casi tan desagradable como estar escuchando a Bon Jovi cantar “Bed of roses” en español, que por cierto, siempre pensé que se escuchaba como “Canoa de Rusas”.
Miré el cronómetro que marcaba el minuto 43, miré al hombre cantor. Miré de nuevo al partido y elegí quedarme hasta el final. La pizarra marcaba que agregarían un par de minutos más, pero el Hombre-Karaoke empezó con su actitud de empleado del grupo Anderson’s, queriendo jalar a la gente al ambiente y me preguntó mi nombre. Luego de la reacción del cantinero, yo no pensaba decirle que me llamaba Crisantemo, así que pensé en algo que me hizo sonreir, “Margarito” le dije. Como que le dio pena ajena y mejor empezó a cantar una de Maná, cosa que incivilizadamente, me hizo partir rumbo a las revistas.

viernes, 11 de junio de 2010

3. Taiger Sports Bar


Miré mi reloj, quien me dijo que la posibilidad de que llegara tarde a mi entrevista, era latente. Corrí a la salida pero al llegar, me encontré con una fila. Tomé la estúpida decisión de formarme sin saber de qué se trataba. Al avanzar un poco, ví que había un policía, tal vez el más imbécil que he visto en mi vida, revisando a la gente con su detector de metales. Imagino que pensaba que era de vital importancia asegurarse de que nadie sacara armas del metro.
Luego de mi revisión, salí y al hacerlo, escuché un mensaje de texto llegando a mi celular. Lo leí y básicamente decía que mi entrevista se había pasado al lunes. Maldije primero, pero luego recordé que el partido que tanto había esperado estaba por comenzar y ahora tenía la oportunidad de verlo. 
Miré hacia todos lados como turista extraviado, hasta que al fondo, logré ver un letrero que decía “Taiger Sports Bar”. <
Al llegar a la entrada, un hombre como de 2 metros me detuvo y me dijo que había un cover de 50 pesos. Le pregunté que si estaban pasando el partido y me miró como si le hubiera preguntado si vendían cerveza. Me dijo que sí, pagué mis 50 pesos y entré. 
El lugar era pequeño y sombrío. Lo analicé y descubrí que de Sports Bar, solo tenía una playera de Jorge Campos en un cuadro que todavía decía “SportTortas”, un par de raquetas de madera colgadas y personal que usaba calzado deportivo. 
Me senté en la barra y me encontré con la televisión más pequeña del mundo pero pensé que era demasiado tarde para buscar otro lugar. El cantinero se acercó y me dijo “ya están en el Hino”, así dijo “Hino” y luego me preguntó si quería una cubeta o una caguama. Aún no sé por qué, pero de alguna forma me pareció que la Caguama tenía un poco más de clase. También pedí un vaso para conservar un dieciséisavo de mi dignidad.
Luego de un vaso de cerveza y 5 minutos de partido, descubrí que era como estar viendo el partido en medio de los mejores técnicos del mundo, quienes tristemente, tenían menos optimismo que un vendedor de abrigos en la playa.
Todos gritaban indicaciones “Fíltrala, fíltrala!”, otro que chiflaba cada vez que pronunciaba una “eSe”, decía “necesitan poner un 4-3-3 con 2 un punta y 2 un poco retrasados para apoyar la contensión”; uno más, sin importar quién la tuviera o dónde, gritaba “Tira! Tira!”; pero el mejor de todos, era un teporochito que estaba en un rincón y quien seguramente el ultimo partido que había visto fue uno de la Era de Mejía Barón porque gritaba “Metan a Hugo, metan a Hugo!”. 
En el minuto 40, el ambiente ya era insoportable. Me serví el ultimo trago de mi cerveza y el cantinero me preguntó “otra?”, yo le pedí un minuto para pensarlo. De pronto, un hombre llegó a la barra y se sentó tan cerca de mí, que sólo nos faltaba compartir la camisa para ser siameses. Esto fue el indicador de que era tiempo de partir.
Al darle mi tarjeta de crédito al cantinero, la analizó minuciosamente, sonrió y volteó a verme “le cae que se llama Crisantemo joven?” preguntó. Todos olvidaron el partido y voltearon a verme. Yo lo odié un poco, sólo un poco, le sonreí asintiendo y todo quedó ahí.
Al salir, le pregunté al hombre de la entrada si había otro lugar cerca para ver el partido porque la tele estaba muy chiquita. Él sabía que era verdad y en un gesto de camaradería, me dijo “sí joven, hay un Sanbor a dos calles y ahí seguro lo están pasando” así dijo, “Sanbor”. Yo no entendí al principio pero luego de un momento pensé que se refería a un Sanborns. Le agradecí e inicié mi camino. 

jueves, 3 de junio de 2010

2. Congeladas motorizadas.


Al cerrarse las puertas, miré alrededor apenado por lo sucedido y encontré a la señora frente a mí pesignándose. Le mostré mi sonrisa de “lo siento Doña”. Ella sonrió de vuelta y me dijo “Yo estoy de acuerdo con usté joven Margarito”, la corregí, “Crisantemo”, y ella sólo dijo “eso”.
Continué leyendo al legendario Kalimán y una de sus líneas me hizo reir y me devolvió el buen humor. Disfruté el último bocado de mi Bonáis, enrollé la envoltura y la metí en mi bolsillo para tirarla en la basura más tarde. La Doña se dio cuenta de esto y su curiosidad la hizo preguntarme “a poco las coletsiona joven?”, yo la miré sin dar crédito a su pregunta, con la misma expresión de cuando Doña Lencha intentó convencerme de que el Peje no es un pendejo. 
Titubié por un momento y entonces pensé en algo. Le dije que acababa de empezar una promoción en la que si registras el código de la envoltura, te puedes ganar un carro con forma de congelada, “ya sabe, como el de Oscar Mayer que era un jochote, pero de congelada”, le dije. 
Ella me miraba muy atenta y yo seguí explicándole que mi amiga Lola me dijo que en Australia, hacen carreras de congeladas motorizadas y que corren rapidísimo pero como son larguitas, se tienen que abrir mucho para dar las vueltas. Para entonces, ella me miraba con cara de muñeca inflable y dos gueyes que iban parados me miraban incrédulos, como si estuviera intentando convencer a la Doña de que no era cierto que Ricky Martin es gay. 
La Doña finalmente reaccionó y le dijo a su hija “ándale mija, recoge la envoltura de la Bonáis” así dijo “la Bonáis” y la niña rápidamente brincó y se metió bajo el siento estirándose a su máxima capacidad, incluso despertando a un hombre que iba dormido y que pataleó asustado como si estuvieran a punto de violarlo. La niña finalemte emergió de bajo el asiento, levantando la envoltura en todo lo alto, como su gran trofeo.
La Doña le arrebató la envoltura y celosamente la metió en su bolso. Los dos tipos cuchicheaban entre ellos y me miraban.Al llegar a la estación, la Doña tomo sus cosas y a su hija y me sonrió. Salieron del vagón y antes de que se cerraran las puertas, miré que le señaló algo en la orilla y la niña se agachó para recoger una envoltura de Bonáis que yacía en el piso. La Doña y su sueño de ser poseedora de una congelada motorizada me conmovieron. Me sentí mal por un instante, sólo un pequeño instante.
Al cerrarse las puertas, devolví mi atención al vagón y note que los gueyes esos habían tomado los lugares de la Doña y la niña y que ambos me miraban de forma reprobatoria. Sabía que tendría que soportar su mirada incisiva hasta la siguiente estación donde yo bajaba. Yo tenía muchas ganas de citar al Papá Pirata y decirles “les vale verg@ pendejos” pero opté por la paz y regresé a mi Kalimán.

viernes, 21 de mayo de 2010

1. Los Pitufos humanos.

Disfrutando de un bonito paseo en el aromático y fresco Metro capitalino, observé a un hombrecillo caminado torpemente, mientras intentaba ponerle PLAY al mini DVD player que cargaba en su mochila. Finalmente logró su cometido y entónces hábilmente abrió como abanico unos 6 ó 7 DVDs en un paquetito de celofán. En la portada se leía "Avatar", pero el hombre gritaba “se va llevar el DiViDí de su película "Avatárr”, así gritaba “Avatárr” y luego vino lo que me hizo el día, el jovenazo añadió a la descripción de su producto “Diez peso le vale, la versión de cine de los Pitufos humanos”, yo estuve a punto de ahogarme con el Bonáis que le había comprado al vendedor anterior. Luego pensé que estaba juzgando de más al hombrecillo, pues tal vez tenía dos trabajos, distribuidor de cine de día y chichifo en el Cine Teresa de noche, y que tal vez por eso, no tuvo tiempo de analizar a fondo su producto e intuyó que Zoe Zaldana interpretaba a la polígama Pitufina. Así que elegí regresar a la lectura de mi gustada historieta Kalimán.
Cuando llegó a la altura de donde yo estaba sentado, el hombre que estaba a mi lado le pidió uno y le pagó con toda la morralla del mundo. El hombre empezó a analizar orgulloso su compra y el pequeño niño que lo acompañaba le preguntó “oye Pá, qué no dicen en la tele que no hay que comprar desas películas?”, el hombre titubeó un segundo y le contestó “no mijo, esas son las que venden en Tepito, éstas no hay tos” el pequeño de unos 7 años, le compró la gran mentira y tomó el DVD para verlo.
Yo sabía que la película ya había generado más de 2mil millones de dólares, pero soy de la idea que quien se atreva a invertir 500 millones sin saber si funcionará, merece ganar varias veces lo que arriesgó.
Así que no pude contenerme y le dije al hombre “disculpe Señor, me llamo Crisantemo y perdón que ande de metiche, pero el niño tiene razón. Toda la piratería es mala, yo tengo amigos que trabajaban en cine o en disqueras y han perdido su trabajo porque la piratería está matando la industria.”
El hombre me miró muy serio. Un pequeño destello de reflexión que encontré en sus ojos, me dio esperanza. El hombre asintió frunciendo el ceño y la boca y finalmente, al llegar a la siguiente estación, tomó a su hijo de la mano, se puso de pie y justo antes de salir del vagón me miró a los ojos y me dijo muy serio “te vale verg@ pendejo” y salió del vagón.
Ví que mientras se alejaba, volteó una vez más y alcancé a escuchar al pequeño preguntarle “oye Pá? Qués verg@?”.